Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Palabra Muda






Hay magia en tus palabras.
Lo sé,
Aunque a veces
En lugar de descifrarlas
Las mutilo desprolijamente
Perdiéndome en laberintos sin hilos.
Y pregunto qué misterio
Construyen tus sueños en torno a mí,
Qué fuerza imperceptible se hace presente
Y me abraza firme y tesonera,
Tensando nuestros músculos en un acto imposible
De evitar.

Se refugia en el olvido, esa fuerza
Se refugia en mis olvidos, en los nuestros,
Y se disfraza de miedo a las alturas
Y de vértigo ingenuo,
Como el de pararse en una silla
Sin dejarse caer
Haciendo equilibrio.

Se refugia en mis olvidos
Para que no vea de dónde proviene,
Esa palabra muda que me define
Y me acerca a lo que soy.
Es una ausencia presente,
Tan lejana que lastima.
Hay magia en esa ausencia,
Sé que hay magia allí
Y por eso mismo
no me resigno
a perderme
en esos laberintos.


AUTOR: Gustavo Roumec.

René Daumal - Memorables



Acordate: de tu madre y de tu padre, y de tu primera mentira, cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.
Acordate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo fue sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.

Acordate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía siempre a carcomerte como un buitre; acordate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acordate de la noche de liberación cuando al caer tu cuerpo desatado como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acordate también de los animales viscosos que te volvieron a capturar.

Acordate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces; – querías ver, te tapabas los dos ojos para ver, sin saber abrir otro.
Acordate de tus cómplices y de los estafas, y de ese inmenso deseo de salir de la jaula.

Acordate del día en que reventaste el lienzo y fuiste apresado vivo, fijado en el mismo lugar dentro del estruendo de estruendos de las ruedas de ruedas que vuelven sin volver, dentro tuyo, sujetado bruscamente siempre por el mismo momento inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo sólo daba una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés, – y los ojos de carne veían sólo un sueño, solo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el aullido visible y negro de la máquina te negaba, – el grito silencioso “yo soy” que los huesos oyen, por el cual la piedra muere, por el cual cree morir lo que nunca fue,– y no reaparecerías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo puro, todo centro, todo puro excepto vos.
Y acordate los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser anulado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acordate sobre todo del día en que quisiste, no importa cómo, arrojarlo todo, – pero un guardián velaba en tu noche, velaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, recordar a los tuyos, recoger tus andrajos, – acordate de tu guardián.

Acordate del bello espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano; y acordate del hombre que vino, que rompió todo, que te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te hizo sentarte sobre las espinas del pleno día; y acordate de que no sabes recordarte.

Acordate de que todo se paga, acordate de tu felicidad, pero cuando fue triturado tu corazón, era muy tarde para pagar por adelantado.
Acordate del amigo que tendía su razón para recoger tus lágrimas, brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acordate de que el amor triunfó cuando ella y vos supieron someterse a su fuego celoso, rogando morir en la misma llama.
Pero acordate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no es de nadie, ruborízate al contemplar el cenagal de tu corazón.

Acordate de las mañanas en que la gracia era como una bastón amenazador que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas, –¡bienaventurado el ganado bajo el yugo!
Y acordate que tu pobre memoria entre sus dedos entumecidos dejó escapar el pez de oro.

Acordate de los que te dicen: acordate, – acordate de la voz que te decía: no caigas, – y acordate del dudoso placer de la caída.

Acordate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla, – y de su metal único.

1942

Traducción: Dardón&Bollini.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Girones



Qué mirada suave
Se posa y se vuelve
Y se posa y se vuelve
Para mirar más allá
Y más allá.

Qué roce
Me roza y me olvida
Me roza y se va.

Qué vieja fuerza
Me atrae y doy pasos
doy pasos, me atrae
Que baja y sube
Y va.
Fuerza que sube y que baja
Y que tira y me tira
Y me empuja y me posa
Mientras el cielo se muere ebrio
Mirando la luna
Mirando y gimiendo se muere ebrio
Y tapa la noche con su falda girones
Tapan el cielo girones de noche
Y oscura me dejan girones la voz.
Y el canto que sube, me fuerza, me ataca, me roza, me tapa, me empuja,
Que sube, que baja, que posa, da pasos
Y muere en mi voz
En mis girones
Se muere
El poema
Su voz.


AUTOR: GUSTAVO ROUMEC
PINTURA: ZDZISLAW BEKSINSKI

¿Cómo vamos a recorrer esta avenida en eso?

Recién cuando llegó a casa se dio cuenta de lo que había pasado. Para mí que sufrió eso que ahora llaman shock. Shock emocional. Apenas cerró la puerta empezaron a temblarle las piernitas. Yo lo ví y él no lo disimuló. Se sacó el pantalón y todo; como si quisiera mostrarme lo que le pasaba, sin pudor. Su contextura nunca fue grande pero compensaba con su temperamento; un temperamento ¡tan italiano! Pero ese día le temblaban las piernas. Y yo pensé que podía caer un chorrito de pis tranquilamente. Mañana te llevo a la clínica, me dijo, después voy a la agencia; entrego las llaves y se acabó. Ya no manejo más.
Prefería la bicicleta. Con la bicicleta uno para, se sube al cordón. Él tiene un reparto de bolsas camiseta de polietileno. Le sugerí que comprara una motito con la plata del coche. Pero la moto, según él, era un ataúd y yo quería enviudar.
Las motos son un peligro para los jóvenes que no tienen conciencia de la muerte. Hace uno o dos años nos quedamos atascados en un embotellamiento cerca del paso a nivel del club “Los patos”. Entonces todavía jugábamos al tenis en parejas con Nelly y Oscar (Hacíamos intercambio de parejas: Nelly con Rubén y yo con su Oscar. Y de un día para otro Oscar se nos fue; Nelly empezó a llamarme todos los días, siempre la misma anécdota. Un día el protagonista era Oscar al otro día su padre. Tuve que desconectar el teléfono durante las tardes hasta que Nelly también se nos fue.). Volviendo a esa destemplada tarde de domingo, al embotellamiento quiero decir: nos enteramos de que más adelante había habido un accidente de moto. Nelly y yo íbamos en el asiento trasero y ella me habló sobre la conciencia de la muerte. “Un viejo puede andar tranquilamente sin casco que nunca va a pasarle nada ¿Alguna vez viste a un viejo muerto en un accidente de moto?”. Más adelante ellos comprobaron que el accidentado era un joven. Yo no quise mirar, pero sentí; juro que sentí la muerte, como aquella vez que me dormí- en el jardín de la casa de mi abuelita- sentí una gata peluda arrastrándose por mi mejilla. La sentí en sueños y cuando desperté tenía una quemadura tan dolorosa. Ya no hay más gatas peludas ni luciérnagas… no quiero ponerme sentimental. Estuve por decirle a Rubén que la moto era un peligro combinada con la juventud pero con la vejez… pero era para discusiones y yo no estoy ya para esos trotes.
A la noche tampoco le hice ninguna escena cuando me metió el perro en el chin chon. Lo dejé pensativo en la mesa. Me preguntó si estaba dolorida y le dije que no. Se debió preguntar si ya no me importaba ese juego, y la verdad es que esa noche no. Esa mañana el chico del almacén me había encargado que le recuerde a mi marido que necesitaba reforzadas de 35x45 para el día siguiente. 
A las nueve, Rubén no me había despertado para que lo ayude con el conteo. A lo mejor creía que su negocio era algo tan insignificante como el chin chon, por porotos. Le recordé que a fin de año nos iríamos a la playa con la ganancia. Pero igual postergaría el reparto, ese día solo quería llevarme a la clínica y después desprenderse del auto. Estaba firme en la decisión sobre el coche. Salió y puso el coche en marcha. 
El reparto empezó siendo algo muy chico; una excusa para salir a caminar después de mi primera operación. Así que al principio andábamos los dos a pie con una bolsa cargada de bolsas, pero después creció el reparto y yo me quedé afuera. Ayer me di cuenta de que el reparto es importante; el almacenero (un muchacho un poco amanerado que igual se casó) no tenía donde poner unas latas de conserva para una muchacha y tuvo que usar una bolsa con la propaganda de un supermercado. Le cuento eso a Rubén, pero el insiste: no somos imprescindibles. Sigue amargado, no le tiemblan las piernas pero está mal. Se admira de cómo camina su Súper Europa. Es solamente un coche, Rubén. Y él: que descuidado tenemos el jardín. Es la estación. Nos alejamos. 
En la avenida, por la zona de los Shopping y las casas de electrodomésticos, Rubén seguía amargado, más viejo que nunca. Yo era la que tenía que ir al tratamiento pero el que renegaba era él; renegaba como una batería, como un loro de cien años. Sos un loro de cien años, fue gracioso porque el coche era verde loro. Traduzco lo que decía: Muchachos escuchando su música en esos aparatos, (¡se llaman walkman, viejo loro!) padres de familia que así educan a sus hijos bajando al cordón sin mirar si viene un coche; además lo insultan a uno, chicos que se les escapan a las madres mientras estas miran licuadoras. Dicen que los ricos son consumistas, eso es una mentira, los que más consumen son estos pobres (usó términos peores). Entonces se dispuso a hacer algo; por todas las veces que lo insultaron en esta cuadra y por lo que le habían hecho, y yo me opuse pero no con demasiado énfasis. Un hombre de campera caminaba por la calle como si fuera suya, entonces Rubén pisó el acelerador y con el espejito casi le arrancó la mano al hombre, este se arrodilló en medio de la calle. Después de eso el viejo loro paró de quejarse. Me dejó en la puerta de la clínica y se fue. Mirá el coche por última vez, dijo. Y eso hice. Después entré en la clínica. 

En la sala de espera recordé lo que había pasado el día anterior. Por una mala maniobra casi enviudo. Fue en la calle que costea la vía, Rubén encerró, sin querer, a un conductor. El conductor se bajó y le puso un revolver en la cabeza a mi esposo. El hombre agitaba el arma sin parar, estaba nervioso. Realmente nervioso. Un hombre con muchas presiones, pero eso no lo justificaba. Y ahí pasó lo increíble, seguro que si lo escuchan de boca de Rubén no van a creerlo, pero fue así, mi esposo dijo: “Tirame si tenés bolas, nene” lo dijo con mucha tranquilidad. A lo mejor él agregue que lo tenía medido y que estaba a punto de sacarle el arma; eso no es cierto, pero lo que si es cierto es que dijo: “tirame si tenés bolas.” 

El tratamiento me dejó encandilada y esperé a Rubén sentada en las escalinatas de la clínica. Por suerte yo no necesito de mis nietos como la anciana que entró en silla de ruedas, nosotros somos independientes a pesar de todo. 
La clínica está sobre una avenida muy concurrida sin embargo ¡escuché una campanita!
Rubén venía a buscarme en una bicicleta inglesa ¿Cómo vamos a recorrer está avenida en eso? ¿Cómo hará para llevarme entre el transito? Él es un buen conductor de bicicletas, pero… El loro de cien años se ríe y hace sonar la campanita. Seguro vamos a terminar caminando. Pero voy a darle el gusto y voy a subirme.


AUTOR: Matías Rano

El mundo es de ellos



A veces Elena se ponía agresiva. Se acercaba (intimidante) con el puño cerrado a su victima, que siempre era su hijo. Una vez Gonzalo había leído que a ¿Roberto Arlt? el padre lo amenazaba a diario con una paliza que nunca llegaba. Algo así le pasaba a él con su madre. Maricotas, le decía la mujer. Así que una noche de febrero Gonzalo abrió el costurero, sacó mil cuatrocientos y se fue de viaje.
Un micro de larga distancia lo dejó en Bahía Blanca después de diez horas de viaje. En el trayecto Gonzalo se acordó de su mamá contando los ahorros y lloró.
Se involucró con Mora de la misma forma en que el protagonista de "los soñadores" se había involucrado con la francesa, que estaba falsamente encadenada a las puertas de un cine.
Mora le dijo que una amiga daba función de títeres en una casona, y fueron. Pero la función se había suspendido; la titiritera no estaba en condiciones de brindarla. Mora quitó las llaves del mameluco de su amiga y mostró el manojo a Gonzalo. La titiritera siguió durmiendo en un colchón del teatro. Mora y Gonzalo se fueron al departamento de la titiritera.
- Es la primera vez que me saco el preservativo.-confesó Gonzalo y ella sonrió. Tenía ojos verdes y grandes, volvieron a hacer el amor.
Por la mañana, la frazada cayó de la ventana y el sol entró a raudales. No había relojes, pero parecía mediodía.
El muchacho se puso los pantalones, no había nadie en el departamento de la titiritera. Gonzalo salió a la calle, y desde ahí escuchó las voces en la terraza. Era mora. Gonzalo subió.
- La terraza es un derecho- decía mora. Gonzalo sintió ganas de juntar su equipaje, ir a la terminal y volver a su Rodríguez para devolver el dinero a su madre.
-Para nadar mejor tenes que ponerte esto- le dijo un tipo pelado y tatuado a un gordo que intentaba nadar en una pelopincho. Se refería a un tutú rosa. El pelado le lanzó la prenda y el gordo se desnudo para ponérsela, aunque los esfuerzos fueron infructuosos.
- El sol de esta hora es mortal- dijo un flaco de pelo largo desde la reposera.
- Él es martillero.- dijo Mora señalando al de la reposera.
- ah.- dijo Gonzalo.
- si querés ponete en calsón y tirate al agua.
- no, así estoy bien.- dijo Gonzalo, pero se lo veía transpirar.

A la noche hicieron un corto sobre zombis. A los que estaban en la terraza se les sumó una chica gorda apodada la cholga.
- doy dos caladas- dijo la cholga- y les escribo un libreto apocalíptico.
Le dieron la cámara a Gonzalo. El martillero era el protagonista y tenía como objetivo llegar al final. Tenía que huir de mora, que era su ex novia, ahora zombi. Pero el martillero dijo que en un caso así él no huiría de la zombi, sino que tendría sexo con ella. Hizo la mímica del sexo con Mora. Deliberaron si el virus zombi podía contagiarse por sexo. Gonzalo sabía que le daban indicaciones pero no podía escucharlas, pensaba en su madre.

Se fueron a la casa del pelado tatuado. Se pusieron a ver películas en el plasma. El sillón era para cuatro pero lo ocupaban siete. Gonzalo tenía calor y estaba incomodo reteniendo un gas. Le convidaron cocaína.
Son así porque pueden serlo, pensaba ¿u oía una voz?, porque el lunes o al final de las vacaciones tienen un lugar seguro en alguna oficina, en la oficina de los papás.
Gonzalo y Elena lo único que tienen son esos 1.500.
Entonces se acordó de cuando su mamá le había dicho a la pintora del caminito de la boca que ella también pintaba. Pero la pintora había respondido con un gesto de desprecio. ¿Pero a que venía pensar en esas cosas? ¿Porque la pintora pedante?
El teléfono interrumpió sus pensamientos. El pelado se levantó y atendió.
-Hola. Sí. ¿Usted es su esposa? Sí, claro, me imagino.... pero, óigame, Antonia... ¿no se llama Antonia? que importa, da igual. Bueno, óigame. ¡acojonese! lo que ahora necesita usted es cojones. Imagino como debe echarlo de menos. Cojones, ¿vale?
Colgó. Acto seguido: se desplomó en el sillón.
- ¿Quienes era?- preguntó el martillero.
- Una colombiana.
- ¿Y porque carajo le hablaste en gallego?- preguntó cholga.
- Le tienen secuestrado al hermano- dijo el pelado- el cartel, no sé.
- ¿Y vos que tenés que ver?
- Lo tengo de contacto. Pero uno de esos que tengo por tener. Y la hermana está llamando a todos los contactos.
- que presupuesto- dijo el gordo.
Gonzalo pidió permiso para ir al baño. Lo miraron.
Gonzalo dialogó con la imagen del espejo; ¿te acordás de mamá, vestidita impecable para ir al recital de Paul? ¿Y te acordás de esos que la salpicaron? ella se avergonzó, les dijo que estaba bien, que no importaba, y ellos la ignoraron, no le pidieron disculpas. Ellos eran como los que están acá en el sillón, vestidos así nomás, despreocupados. Total, el mundo es de ellos.
Algo latía en Gonzalo. Recordó la foto que la tía le había sacado a Elena. En la foto Elena estaba lista para salir al estadio River, lista para ver a Paúl, y estaba colorada.
Y esa pintora, dijo la imagen del espejo, ¿te acordás de la pintora pedante?
Mamá no sabe donde estoy.
Así era la pintora, como estos pedantes del sillón que se llevan el mundo por delante.
Gonzalo se aferró a la pileta para no llorar. Fue entonces cuando vio una bolsa colgada. La bolsa estaba llena de púas y había una jeringa. A lo mejor fue un error sacarse el preservativo.

Al rato daban vueltas en un Torino. La ciudad estaba desierta. Estacionaron frente a un monte descampado.
La muchacha gorda y el pelado se alejaron hasta donde los pastizales los cubrían. El martillero le dio la cámara a Gonzalo y se metió entre los pastizales. En el horizonte se veía claridad, pero todavía faltaban algunos minutos para el amanecer. Mora subía el monte. Por el monte pasaba la vía. Entonces Gonzalo vio la maquina avecinándose, mora seguía subiendo de espaldas a la vía, invitaba a Gonzalo a subir con ella. La maquina avecinándose; en la lente de la cámara mora dando pasos hacia la vía. Gonzalo pensaba en la madre... se había puesto colorada cuando un grupo de muchachos como estos la habían salpicado en la fila del recital. Tipos que se llevaban el mundo puesto. Un solo paso más de mora y...
- ¡cuidado!- gritó Gonzalo.
La muchacha se detuvo y piso fuerte, el viento le arremolinó el pelo.
- wow.- ella nunca había tenido una experiencia así.
Él apoyó la cámara en un poste y saludó a mora. En ningún momento se dio vuelta. Sintió el saludo de mora. Eso era todo.


AUTOR: Matías Rano

T. S. Eliot - Cuatro Cuartetos




SEGUNDO CUARTETO

East Coker

I

En mi principio está mi fin. En sucesión
Las casas se levantan y se caen, se derrumban, se amplían,
Son removidas o restauradas, destruidas; o en su lugar
Hay un terreno baldío, una fábrica, o una circunvalación.
La piedra vieja va hacia el edificio nuevo, la madera vieja va hacia el fuego actual,
Los fuegos hacia la ceniza y la ceniza hacia la tierra,
Que ya es carne, pelo, excremento,
Huesos del hombre y de la bestia, el tallo y la hoja del maíz.
Las casas viven y mueren: hay un tiempo de construcción
Hay un tiempo para vivir y procrear,
Hay un tiempo para que el viento rompa el panel de vidrio que está flojo
Y para sacudir la mampostería
Por donde trota el ratón,
Y para sacudir la cortina derruida entretejida con un mensaje silencioso,

Hormigueros en Nubia





La mujer Nubia no se entrega a hombre alguno hasta la noche nupcial. No cede ni ante la carne ni ante el amor. No le impresionan los fuertes brazos guerreros, ni los altos portes de los vencedores, sólo se rinde ante los hombres buenos y generosos con la tribu.
Los nubios aborrecen a las mujeres que se entregan antes de la noche nupcial.
Las condenan a una muerte cruel, enterradas hasta el cuello en hormigueros gigantes, tan profundos como el dolor.
Las nubias maculadas son devoradas rápida y dolorosamente por enormes hormigas africanas.

Ahora el nubio sonríe y acaricia suavemente el cabello de la egipcia.
La joven posa en el vaivén del pecho de ébano de su amante.
Sonríe sincera y con ciclópeos ojos.
Se entrega una vez y otra más
al nubio
En una noche húmeda e infinita.

La joven egipcia no sabe de costumbres nubias.
El guerrero sabe que cuando la noche acabe
Y entregue sus dominios al sol,
Empuñará su espada,
Pues
en ocasiones así,
buenas son,
a falta de hormigueros.


Autor: Gustavo Roumec

Para paloma





Terminaba septiembre o empezaba diciembre, no me acuerdo. Yo estaba sentado en la plaza que está en diagonal a la escuela en la que terminé la secundaria. La vi venir, había sido mi profesora de historia en primer año; un día, también de fines de septiembre o principios de diciembre-del 98-, me había mostrado el tatuaje que tenía en la pantorrilla, un escorpión hecho de estrellas; se lo había hecho el hermano, que era comunista y estaba internado en el Mato Grosso por si se venía una guerrilla, creo.



Herrera, era el apellido de la profesora, era grande y rubia, estilo aleman; al costado de ella caminaba una criatura, de lejos parecía un nene con el pelo sucio y la cara sucia. Herrera sonrió y vino a saludarme. Paloma-así se llamaba la criatura-, se había distraído con una bolsa lila que el viento tiraba de un lado a otro.



Paloma, dije, ella me miró y vino conmigo, extendió los brazos y la levanté a upa, me acuerdo de que tres mechones finos, de un rubio raro, le cruzaban el ojo izquierdo. Cuando la tuve en brazos le dije en voz baja que confiara en mi, y apoyó la cabeza sobre mi hombro, podía sentir la respiración en el cuello y puntitos de agua pegándome en el cuello, sentí algo hasta en los huesos y no escuché lo que me decía la madre.



Pero el pueblo es tranquilo. Herrera tenía que corregir trabajos de alumnos y a lo mejor yo podía pasar la tarde con Paloma. La madre se alejó, se sentó en una mesa de granito, sacó un buen pilón de hojas de la cartera, miré de reojo la mejilla blanca y rosada de Paloma. No es que se haya puesto inquieta, para nada, pero la bajé, tenía planes de llevarla a la calesita. En ese momento vino corriendo una nena de la edad de Paloma, tenía la piel morena y el pelo cortito, era veloz y llevaba algo metálico con lo que le dio un golpe en la frente a Paloma, midió para darle un segundo golpe, pero yo puse una mano en el pecho de la morenita, la hice dar unos pasos atrás; miré para todos lados, ¿Qué haces? Le pregunté a la morenita y noté que tenía claros de cuero cabelludo entre los rulos, le indiqué que se alejara, antes le dije que tenía los ojos hermosos y era cierto, eran grandes, negros y redondos. Miré de nuevo a Paloma, tenía burbujitas de saliva en los labios separados. Herrera todavía tenía una pila de hojas por corregir.



¿Vamos a la calesita?



Si, dijo Paloma.



Saqué una vuelta, una sola. El hombre que me vendió el boleto tosió sin taparse la boca, yo menee la cabeza. Le di el boleto a Paloma, caminó lento hasta la calesita que estaba en movimiento, terminando una vuelta, yo caminé atrás de Paloma. Ella puso un pie en el piso de madera, se sostuvo del cañito metálico y subió, entregó el boleto, se lo picó el boletero que contuvo la tos, me acerqué al viejito de bigote blanco que vendía manzanas y pochoclos, antes de pagar la bolsa de pochoclos la levanté y se la mostré a Paloma que montaba un caballo marrón, ella movió la cabeza y creo que sonrió. Me apoyé contra el poste de madera en el que estaba colgada la bombucha de la sortija, pensé en prenderme un cigarro pero la vuelta terminaría antes que el cigarrillo y no quería fumar delante de Paloma. Ella bajó de la calesita y corrió a mis brazos, no estaba asustada ni ansiosa nada más quería upa. La miré de reojos, masticaba con la mirada perdida, miré la calle, el bar del otro lado y el coche vacío en marcha en la tienda de al lado del bar. Volví a mirar a Paloma que seguía con la mirada perdida, al notar que la estaba viendo, me miró de reojo y sonrió. Caminamos hasta ver a la madre que levantó la vista y nos saludó. El coche seguía en marcha. Paloma saludó a la madre pero ella ya no nos miraba, la pila seguía siendo alta.



Con Paloma cruzamos la calle, miramos la patente del coche, era un Renault 12 verde y estaba solo y en marcha. ¿De quien será? Miré a Paloma, no se encogió de hombros pero hizo algo parecido. Entramos en el bar. Le pregunté a ella que quería tomar, miraba las paredes y se detenía en las manchas de humedad.



¿Submarino? Nada. Ya se ¿chocolate? No. ¿Coca? Si.



La moza miraba a Paloma como una monja hubiera mirado a Jesús. Le pedí dos cocas, ¿Pepsi? Preguntó la moza sin mirarme. ¿Pepsi? Le pregunté a Paloma, nada. Estaba bien, Pepsi. Paloma se bajó de su silla y caminó hasta una mesa, con el dedo apuntó al platito de papas fritas con el que un viejo de scotten v rojo acompañaba su cerveza. Comimos papas fritas con Pepsi.



Cuando salimos estaba nublado, volvimos a la plaza, Herrera no estaba en la mesa. Fue entonces cuando apareció ese perro blanco, no pude alzar a Paloma por que se metió, asustada, entre mis piernas, el hijo de puta empezó a morderla, le di varios golpes en el lomo, hasta que se quejó y soltó a Paloma, después le patee el cuello y salió corriendo. Paloma no lloraba, estaba en el piso, sentí el corazón en la garganta hasta que ella se levantó.



¿Dónde te mordió?



Se subió el vestido sin volados, entrecerró los ojos y miró a otro lado, tenía dos dientes marcados justo arriba de la rodilla, nada que una bandita de los Tiny Toon no pudiera tapar.



Más tarde nos sentamos en la plaza, el perro me había destrozado los nervios, me prendí un cigarro, tiré el humo hacia arriba cosa de no hacerle mal a Paloma. Me miraba, a lo mejor nunca había visto fumar a nadie. La miré, nos miramos. Me sonrió, me tembló la boca cuando intenté sonreír. Escuchamos el timbre de la escuela, los gritos de los alumnos. Y ¿la…? Estuve por preguntarle por su pierna pero ella no me dejó, me rodeo el cuello con los brazos.



En diagonal venía Herrera. Paloma estaba parada sobre el banco, con una curita en la rodilla, abrazándome a mi, que tenía un cigarro-con la ceniza a punto de caer- en medio de la boca. Pedí disculpas por fumar. No hay historia, dijo Herrera, está todo bien.



Creo que me perdí por un momento, cuando volví Herrera se alejaba con su hija. Paloma no se dio vuelta para saludarme por que no quise o no pude gritarle ¡Chau, Paloma!


AUTOR: Matías Rano

domingo, 23 de diciembre de 2012

Fragmento de la novela de Juan M. Dardón




TRABAJO DE PINTOR (I)


Cuando llegué al departamento el baúl ya no estaba. El bombardeo fue esta mañana y mi Ángel me lo hizo dibujar hace un par de años con muchísima crueldad. Fue, creo, una de mis mejores psicografías. Los rostros de los nenes en un colectivo escolar ardiendo por los misiles de la Marina, las cadáveres de traje desparramados en pedazos por Plaza de Mayo, la boca de subte deformada por el humo y los gritos de los transeúntes; el fuego y los cráteres de las bombas en mitad de la ciudad, como un tablero de ajedrez destrozado por un hacha al rojo vivo. Yo estaba ahí, mirando, desde el campanario del diario La Razón. El pecho se me partía, los oídos no me funcionaban –era sólo un silbido, un acople, una saturación de miedo que me ensordecía-, sólo veía y me vibraba todo el cuerpo y me sentía el terrible culpable y pedía a Dios una y otra vez que un avión dejara caer algo sobre la cúpula y me desintegrara junto con todos los demás que yo volvía a ver masacrados, enloquecedor ver asesinar a alguien varias veces. Yo era el traidor, los traidores ven morir varias veces a los traicionados, era un Judas contra mí mismo. Las profecías son condenas, dramas inevitables, verdaderas herramientas de tortura para la Gloria de Dios, no sirven para nada, son certezas crueles, destructoras guillotinas sobre las cabezas de los que amamos y los que desconocemos, son siniestras. Toda profecía es un pacto con la muerte y yo pacté con mi Ángel ser el elemento de una oscura participación sin otro sentido que el dolor de mi alma. 
Ahora que camino por la vereda entre las ruinas del bombardeo voy pateando dedos sueltos y zapatos, relojes cerca de manos y una nube de pólvora que el viento se lleva al oeste, ahora que no hay hombre que aguante, lloro entre los muertos y siento como si mi cuerpo fuero un hospital del infierno, una terrible pintura del Bosco, me acuerdo de unas palabras árabes que mi madre me contaba: Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre. Soy eso, una pobre hembra acobardada, orinada, sucia y esperando un latigazo que no va a llegar. Ahí fue cuando mi Ángel me dijo que callara, que silenciara mi alma, suspendé tu juicio, la niebla es el mundo todo, en venganza, en ceguera, en locura, no le hables a Dios de la niebla, pero no lo escuché y renegué de Dios y las mil Trinidades y el millón de Vírgenes, y los billones de arcángeles violadores y perversos, eso dije y corrí esquivando ambulancias, voluntarios sollozando recolectando miembros, esquivé gritos infinitos de mujeres sujetando con la desesperanza de la Piedad sacos de carne deforme.

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Di unos pasos hasta el sofá y me dejé caer, no pensaba en nada, pero sentía réplicas del bombardeo por todos mis órganos. 
Todas las persianas cayeron como guillotinas y me despierto sacudido a patadas, las puertas aletean, impactan contra sus marcos y las paredes chillan por unas uñas que las torturan la casa está llena de demonios de invisibles tridentes vengadores perdí la ayuda de mi Ángel y las fotos vuelan por el aire martillazos extraviados revientan los cristales de las ventanas y y me astillan una clavícula de una mazazo invisible caigo entre papeles y una lluvia de vidrios e imágenes me cubre de canas de utilería los paños los lienzos son arremolinados mis bocetos son perforados por filos resentidos y grito con la cabeza entre las manos lloro rezo grito Dios llanto Dios Santo Señor me duele el pecho ensangrentado y no sé a quién atacar o de qué defenderme los cajones de los muebles vuelan proyectados contra las paredes y otros muebles que tienen enfrente los cajones chocan entre sí en el aire y me aturde el estruendo de la vajilla y las persianas arañadas y pasos de bestia y pasos que corren por mi estudio que saltan en mi catre y corren con ira no hay nada que los entretenga más que mi miedo y mi sangre y otro mazazo más me rompe la boca la sangre me entra a la garganta y toso sangre y dientes que eran míos me babean de los labios teñidos de escarlata como coágulos de piedra que repican en el suelo al caer.
Me arrastro y siento en el pecho como si me hubieran clavado una botella partida, me refugio como un animal, una presa herida debajo del catre donde nadie saltaba ahora y cuando creo no recibir más golpes de azadón una manos arrojan el catre contra el techo rebota y me aplasta, una pata se me incrustan en la ingle y el cráneo se me bate contra el piso las patadas de vándalos me revolcaron por mi cuarto y me arrancaban la ropa de a pedazos y vi mi piel pálida, era una tela clarísima dónde mutaba el rojo en formas estúpidas. Con un llanto sin consuelo le pido a mi Ángel antes de volverme loco:
- Fray José de Aragón, guardián de este réprobo, perdón con mi alma despellejada te pido, perdón Aragón, vea a través de mí, solo, paria, te pido piedad Señor, protector cuidame, soy tuyo, matame si no te sirvo, pero no me tortures más, Aragón, cuídeme.
Y entonces sólo se oyó mi respiración miserable y mis sollozos cobardes en mi departamento, no había agitación ni destrucción ni nada, las cosas eran cosas y no manifestaciones y esta vez estuve solo de verdad y en paz.
................................................................................................
La oscuridad de mi taller-habitación me rodea y el sueño se mezcla con el calor de mi cuerpo inflamado y dolorido, los tejidos me latían y por primera vez en tantos tiempo anhelo el opio, la morfina y el hachís. Sé que hay una botella de whisky bajo la mesada de la cocina, me la regaló Guillermo la última vez que nos vimos, hace más de quince años, cuando entró en este departamento para llevarme al palacete Duval. Era la primera vez que lo veía en dos años. Eso había durado su viaje por la Europa de posguerra. Sus ojos celestes, los surcos colorados de su frente, su barba pelirroja armaban su sonrisa de ese esplendor de pescador marplatense que era capaz de seducir a la más reclusa monja de la orden del Auxilio o a la más tosca moza de las borracherías donde prefería buscar motivos que pintar. No sé cómo fue Caravaggio, pero para mí tengo que su rostro era el de Guillermo Eclessiam. Caravaggio elegía para sus frescos de escenas evangélicas a apóstoles con geta de malevos, mitad para darle realismo, mitad porque él también era un compadrito carroñero que solía apuñalar y apuñalarse y fugarse por todas las ciudades de la Italia renacentista. El pintor más mujeriego y el amigo más fiel, alegre y fatídico que conoció la avand gard del barrio del Once y los barrios y partidos del Oeste y la ciudad de Mar del Plata en la primera mitad de nuestro siglo, se llamó Guillermo Ecclesiam, mi único amigo de carne que comprendió mi destino de elegido y por no poder conciliarse con eso se alejó para morir en una pelea de a cuchillo en un tugurio medio prostíbulo de la estación de Merlo, por defender su juicio acerca de la falta de talento de un pintor de imágenes de Santos, cuyas estampitas tapizaban una pared de aquella borrachería. Eran tres contra él, él ya con sesenta años encima, y varios vasos de vino Torito, fue acuchillado contra la barra mientras en su mano derecha seguía sujetando su vaso hasta derrumbarse al piso, bebió, su cuchillo estaba lejos, miró su sangre, casi obnubilado y dijo:
-Carajo, así se mata a un hombre- y después de algunos instantes rogó a sus asesinos: Los perdono, pero díganle a Benjamín que era el único que siempre quise que me viera morir, ese era un hombre.
Eso me contó el reo condenado a perpetua que visité el año pasado en Caseros. Eso dijo, que no tendría que haber matado a un tipo así. Pero que esos hombres se mueren así, con una punta adentro y no soltando el tinto. "Dijo la Virgen de Luján parecía un helicóptero".
Estoy tirado frente a la mesada sobre un follaje de platos y copas descuartizados. El alcohol me arde, me quema y cauteriza, el sabor metálico de la sangre es removido por una amargura refortalecedora. Me emborracho fácil. Ya no está el efecto de la adrenalina y el miedo. Sólo me queda un dolor y una tiniebla entre persianas. Me hago de un cabo de escobillón que me sirve de bastón, bueno, de muleta. Como sobre zancos me hamaco hasta la ventana del pasillo que da a la puerta de entrada. Veo entre las rendijas de la persiana y no distingo nada entre las rectas varas de madera. Entonces me cuelgo de la cinta para subirla y por más que le echo todo el peso de mi cuerpo no logro siquiera que gima el eje del rollo. No tengo pasadores en las ventanas, estoy en un tercer piso. Le doy dos o tres vuelas alrededor de mi muñeca a la cinta y tiro con lo que me queda de fuerza y peso pero solo logro sentir un desgarro en el brazo. Lo estoy intentando con todas las ventanas porque me niego a creer que la puerta está también cerrada y eso ya es el final, porque el edificio entero está vacío, yo y mis cuadros místicos los ahuyentaron, yo y mis voces que se repiten en el hueco del ascensor, yo y los pasillos donde las tareas de porteros las realizan taciturnas ánimas sin pies. 
Soy médium, no necesito teléfono, no hay nadie a quien yo no pueda traer con sólo pedírselo a mi Ángel, pero no tengo guardián ahora. Ya sé que estoy prisionero, pero quiero todavía creer que esto es sólo una cuarentena, que no soy un Merlín prisionero eternamente, sino un Dantés, esperando la fuga y la venganza. 
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La moza del Ritz era una morena hermosa, qué delicia de mujer esa colombiana. En esa época los pintores de brocha gorda solían usar saco traje blanco y tiradores...


Autor: Juan M. Dardón

sábado, 22 de diciembre de 2012

René Daumal - La nausée d’être




La náusea de ser 


No vine al mundo
a forjar brazos de centauros,
a dar mi sangre a los pañuelos
que secan al claro de luna.

No vine al mundo
para combatir con mi sombra,
ni para hallar un día mis puños
picoteados por faisanes.

No vine para golpear
ni para reír de la muerte.
No me acuerdo más,
las camillas se van,
las galeras arden,
las rodillas tiemblan y los halcones se posan
sobre bolas frágiles y vivas.

Si miro hacia atrás,
la muerte va retrocediendo,
indefinidamente puertas se golpean
hasta en los placares del horizonte.

La muerte de risa vulgar
detrás de sus persianas verdes
chupa un caramelo inglés
y alfombras mojadas con infusiones.

No vine al mundo,
al principio sólo hay una gran risa,
en la esquina de una calle una muñeca de yeso
abre, sudando un agua verde de rabia,
cajas que sólo contienen cajas,
y sin fin de cajas.

Lejano, como un corazón succiona sangre,
un agujero en una carne gigantesca me aspira,
paredes vivas, rojas y calientes,
me arrastran por la garganta,
no quiero ya volver,
que ahora mismo se me asesine
con un golpe de cuchillo de cocina
entre los dos hombros.

Traducción: Bollini & Dardón

viernes, 21 de diciembre de 2012

El nubio corre entre las dunas




El nubio corre entre las dunas,
Se pierde de a poco en la pesadez de la noche.
Persigue una estrella.
La acecha.
Sabe que no la alcanzará jamás
Y que morirá antes bajo la espada de Marco,
Un esclavo,
Como él mismo.
Pero sabe,
También,
Que la perseguirá siempre, hasta que su vida se apague, fugaz,
En los ojos de la eterna
Que lo observa siempre desde los cielos
Esperando su caricia final.
Y corre entre las dunas.


Autor: Gustavo Roumec

Nilo





El todo no es más que la nada,
viejos nubios lo cantan
cuando recuerdan el Nilo.
Un continente abraza
y espera por su tiempo.
Sabe que llegará

Su esperanza nace del desierto
como una flor que se calienta en la sangre.

Por costumbre
La magia se reza mirando al viento
para que las palabras vuelen hacia el pasado
hacia los ancestros que esperan
por su nuevo tiempo.

El todo no es más que la nada,
son equidistantes, equivalentes, solsticios.
La sombra no siempre sigue los pasos del caminante,
a veces se pierde y se enreda entre las dunas.

Se pasa
mayo en vela por las lluvias que no llegan.
Y el canto sube hacia las nubes
en Nubia
donde le cantan a los muertos
para que esperen y no pierdan la fe
en el día
en que llegarán a ser
un continente que abraza
y que grita libre
cada vez que recuerda el Nilo.


Autor: Gustavo Roumec.

Bar en casa







- Un lavado rápido, eh. Culo. Bolas...
- Okey- Dijo Sebastian, desnudo.
Pero una vez que se enjuagó y se sacó el jabón, se aseguró de que Joaquín no lo estuviera vigilando y se sumergió en la Pelopincho.

Telefónicamente, Joaquín no pudo avisar a los clientes del bar que serviría café en su departamento, así que fue hasta el bar -clausurado después de la tormenta-, puso una silla en la puerta y se sentó, a cada cliente que llegaba y se encontraba con la faja de clausura, le decía: Voy a estar sirviendo café en mi departamento,eh. En el piso cuatro, y señalaba el edificio.

Días antes, la tormenta había dejado sin luz ni agua a la ciudad. Pero al bar no lo habían clausurado por eso, sino por un tonto accidente: La mañana siguiente a la tormenta, Joaquín había encontrado pintura indeleble en el fondo de una taza, le había tirado agua-ras y la había dejado en la mesada, y la mesera sirvió esa taza a un cliente, que era empleado municipal.

En su camioneta (que parecía un enemigo de Pac-Man) Joaquín cargó provisiones: velas, pilas, bidones de agua. No pensaba dejar a sus clientes una noche de viernes sin reunión.
Sebastian ayudó a Joaquín a armar la Pelopincho en la terraza del edificio. Fue dificil: encontrar todos los caños, hacerlos encastrar, pero con blasfemias se daban ánimos. Volcaron los bidones en la piletita.

- De acá tenemos que sacar agua para el café y para los jugos, así que no te sumerjas, no la enturbies, es agua mineralizada... un lavado rápido, eh. Culo. Bolas...
- okey...

La noche de la inauguración, la ciudad seguía sin servicios.
A las doce el departamento estaba atestado, el anteúltimo en llegar fue el poeta-en-busca-de-luz, y la última la novia de Sebastian. Sebastian la presentó a sus amigos y por lo bajo le dijo al pelado:

- Vino porque no hay luz, es profesora mía, y todavía está de novia con otro...
- ¿Profesora... tuya? ¿No es más joven que vos?
- Del nocturno.

El poeta, que escuchaba la conversación, se puso a escribir:

"Así son las cosas, seguro que el-tal-juan al principio veía a la-tal-Mónica como inalcanzable. Y eso lo hizo trabajar. Para enamorarla. Al principio ella sintió poco y nada por él. Hasta que las cosas se fueron invirtiendo. El objeto del deseo es un rival a vencer. Un día ella querrá pasar la vida con él, asegurar, comprometerse. Pero él ya estará harto de ella."

Una pregunta de una punta a la otra del departamento cortó la inspiración del poeta:

- Che, Héctor ¿Es verdad que trabajaste en una porno?
Desde la otra punta, Héctor:
- Na, son rumores...

Un rato después, Héctor logró que una chica, un poco más alta que él, lo acompañase al sillón... Pero el mismo que había preguntado por el rumor, se acercó y dijo:
- Me pagó para que dijera lo de la porno. Él solamente podría actuar en una escena en la que un montón de pornostars se rían de su...- y mostró el meñique.
La chica aseguró que no le importaba el tamaño, pero sí "la cosa infantil"

Mónica, la novia de Sebastian, dijo: Podrías aprovechar y contarme alguna verdad.
Como Sebastian se quedó pensativo, habló el pelado:
- No sabe nadar, lo tirás a lo hondo y se hunde como un palito.
- Te deseo más que nunca- dijo Mónica.
Risas.
Héctor se unió al grupo:
- ¿Vos sabés que tu novio tenía un proyecto serio? Quería mudarse a un pueblito de cinco mil familias... hacerse querer por todos, sin excepción, ponerse un video-club, o algo así. Y un día, en una sola noche, salir a recolectar plata con la excusa de que necesitaba para la operación de un hermano que tenía cáncer, o algo así... cien pesos a cada uno, en cinco mil familias ¿Cuánto suman, dolape?
- Y tenés que ir corriendo el cero.

Llegaron los chops, era una noche cualquiera, pero tenía algo de Noche Vieja.
- ¿Se acuerdan de aquello que hacía Seba con la bici?- Dijo Joaquín.
- Una vez lo vi, había incrementado la dificultad de cerrar los ojos.- dijo el pelado.
La Mountain Bike de Sebastian estaba contra una pared.
- ¿Seguís haciendo esos juegos?- Preguntó Mónica. Y por lo bajo le dijo:- Yo te pediría que no vuelvas a hacerlo, si alguien me dice: vi a tu novio haciendo de pájaro en la calle, me muero de verguenza.

Sebastian tenía poca resistencia al alcohol y tres dedos de cerveza fueron suficiente.
Por el departamento habían puesto a rodar una banqueta con rueditas...
Al verla, Sebastian corrió, saltó, y con la pelvis cayó sobre el asiento acolchonado de la banqueta...
La silla dio un traspie y casi car, pero no. Con los brazos abiertos, las piernas en el aire, y gracias al impulso de Héctor, Sebastian recorrió el departamento. Todos se abrían paso para dejarlo pasar. Y algunos notaron que se le veía un tanto del culo y se rieron.
Con el último impulso alcanzó la cintura de su novia y la abrazó.

WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII

Un rato después la novia de Sebastian lloraba en el sillón. Sebastian se acercó y le dijo: Vamos, nos vamos. El muchacho agarró su bicicleta y salió al pasillo despidiendose de todos con un saludo general. En cambio ella se quedó dando un beso a cada uno de los amigos de su novio.
Y en eso de los besos estaban cuando se escuchó el impacto del cuerpo de Sebastian contra las escaleras.
Todos salieron al pasillo...
- ¿Quiso bajar andando?
- Tranquilos, tranquilos... estoy bien.
Subió las escaleras y entraron en el depto de nuevo, y a la luz se vio una herida en la frente del ciclista.
Un trozo de masa encefálica sobresalía.
Como una nube gris/entre la grieta de una montaña, escribió el poeta.
Héctor se arrodilló: Dale una muerte linda, Jesús, dijo.

Hubo griterío y confusión. Con cuidado y miedo de que la grieta se abriera más y que todo se cayera al piso, llevaron a Sebastian hasta la camioneta de Joaquín.

Algunos desde la calle, otros desde el balcón, vieron como la camioneta se perdía en el horizonte. Amanecía. Un montón de pájaros iban en la misma dirección que la camioneta.
A la novia le preguntaron: El que se va en la camioneta ¿no es tu novio?
No, dijo ella. No no.


AUTOR: Matías Rano

Noche de verano




NOCHE DE VERANO

"A las moscas hay que sacarlas del mundo.”

A las moscas, entre corchetes porque es una parte agregada por mi, igual que del mundo, pero del mundo no lo encierro con corchetes. Sigo: Como vemos desde siempre las personas rechazan a las moscas. Y: ¿Y no son las cucarachas moscas gigantes? Aprendí a hacer esto de unas revistas que le dejaban a mi abuela un grupo de Testigos de Jehová. Pienso y agrego:“De ahí el miedo a las cucarachas”. Lo tacho. Me quedo pensando. Casi vuelvo a escribirlo, pero la silla me está matando.

Apago el ventilador y después la luz.

En la cocina, Verónica lava un plato.¿Tanto por unas miguitas? No responde. Estará pensando en otra cosa. Es raro, pero apagó todas las luces.

Mirá, le digo. Pongo el cuaderno a la luz de la luna. Lee lo que escribí.

Está bueno, dice, ¿de donde lo sacaste?

Le digo que saqué la cita de un libro antiguo, lo demás es reflexión. Le pregunto si le sirve de algo saberlo, si cree que puede ayudarla.

Me dice que no sabe, ya lo veremos antes de que termine la noche.

Dejo el cuaderno en la pieza y salgo al patio. Miro el tambor ¡como nos salva cuando falta el agua! Me siento en la mesa para alejarme del calor del piso. Ella sigue fregando, se que es una palabra vieja, pero es lo que hace. Hago una plegaria para que deje de limpiar y venga. La entiendo, la casa es muy sucia. Enseguida se acumulan costras de grasa sobre la mesada, el piso se ve sucio apenas se seca, creo que está percudido. Con Verónica decimos que en esta casa vive una familia india que se levanta cuando trabajamos o dormimos. Una vez nos estábamos durmiendo y yo dije que el padre indio estaba preso, se me ocurrió eso. Y cuando la casa se ensucia demasiado, ella dice: se fugó papá indio.

Mi plegaria es escuchada y ella se sienta en el banco, a distancia de masaje.¿Qué nos pasa esta noche? Estamos poetas.

Dios estornudó sobre un telón negro, dice.

Un grillo canta en algún rincón, y digo: nunca puedo saber de donde viene.

Tenés que pisar fuerte, dice ella, cuando se calla es que estás cerca. Me dice que ella adjudica el canto a la estrella que titila.

¿Por qué no traigo el cuaderno? Me lee el pensamiento y yo tengo ganas de decirle lo de la plegaria, pero no quiero demorarme. A medio camino se me da por pensar en la familia de indios, hasta creo ver los ojos del hijo mayor en la oscuridad, agarro el cuaderno y corro.

Intentemos eso de la estrella, dice, vos que sabés.

Escribo algo.

Bien, bah no se, muy mecánico diría, dice.

Como lo dijiste entonces.

Le adjudico el canto del grillo

a la estrella que titila

¿Lo dije así? pregunta.

No me acuerdo.

Quiere escribirle algo al tambor. Se le ocurre reemplazar tambor por tonel o barril.

Siempre le decimos tambor, él es Tambor, digo.

Está bien, me gusta.

Trata de decir que el tambor atrapó un trozo de cielo nocturno y que ella lo comprobó a la mañana cuando se fue a lavar la cara.

Sugiero que sea una narración.

Ella dice:Vamos a escribir todas las noches un poco, nos va a ayudar. Sobre nuestros trabajos, sobre estos momentos.

¿Puedo escribir de mi cintura?

Un amigo de Verónica rompió la reposera. Y ahora el respaldo está caído. Antes de medianoche estamos haciendo el amor en esa reposera. Tendría que tensar el abdomen pero me dejo caer, mi cabeza casi toca el piso. La tensión de la cintura se va y es el paraíso en esta posición. Levanto la cabeza y veo a Verónica sonreír con los ojos cerrados. Es todo.

Al rato está sentada en el piso. Yo sigo en la posición y trato de justificarme cuando ella posa una mano abierta en mi pecho y dice que me entiende y que va a traerme coca. Al levantarse hace un movimiento nuevo con la pollera.

Me oigo decir:¿Por cuánto tiempo más? Entonces ella emite dos grititos, pero esta vez no sale al patio a refregarse brazos y piernas y a no dejar que la toquen.



AUTOR: Matías Rano

T. S. Eliot - Cuatro Cuartetos



PRIMER CUARTETO

I

El tiempo presente y el tiempo pasado
Están ambos tal vez presentes en el tiempo futuro
Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.
Si todo el tiempo está eternamente presente
Todo tiempo es irredimible.
Lo que pudo ser es una idea [abstraction]
Reteniendo una posibilidad perpetua
En un mundo sólo de especulación.
Lo que pudo ser y lo que fue
Apuntan a un mismo fin, el cual está siempre presente.
Hay pisadas resonando en la memoria
A través del pasillo que no tomamos
Hacia la puerta que nunca abrimos
Al jardín de las rosas. Mis palabras resuenan
Así en tu memoria. [mind]
Pero con qué propósito
Remueven el polvo de un cuenco de flores
Deshojadas no lo sé.
Otros ecos
Pueblan el jardín. ¿Los seguimos?
Rápido —dijo el pájaro— encontralos, encontralos
Doblá en la esquina por la primera puerta
Hacia nuestro primer mundo
—¿Seguiremos al tordo engañado?—,
Hacia nuestro primer mundo.
Ahí estaban ellos[1], solemnes, invisibles,
Andando sin peso[2], sobre las hojas muertas,
En el otoño caliente y en el aire vibrante,
Y el pájaro llamó, en respuesta a la música inaudible
Escondida en los arbustos;
También pasó el rayo del ojo sin ser visto,
Porque las rosas tenían el aspecto de las flores cuando se las mira.
Ahí estaban ellos, como nuestros invitados, acogidos y aceptando.
Entonces fuimos, junto a ellos, trazando una figura rígida,
Por la calle desierta hacia el círculo del boj[3],
Para echar una mirada en el estanque vacío.
Estanque seco, yeso seco, borde sucio,
Y el estanque estaba lleno de agua solar,
Y la flor de loto, quieta, tranquila,
La superficie irradiando el corazón de la luz,
Y ellos estaban detrás, allí reflejados,
Pero una nube pasó y el estanque quedó vacío.
Vayan, —dijo el pájaro— las hojas estaban llenas de niños,
Escondidos con entusiasmo, conteniendo la risa.
Vayan, vayan, vayan —dijo el pájaro—:
Los humanos no pueden soportar tanta realidad.
El tiempo pasado y el tiempo futuro
Lo que pudo ser y lo que fue
Apuntan a un mismo fin, el cual está siempre presente.


II

En el barro, ajos y zafiros
Coagulan el eje recostado del árbol.
El alambre tiembla en la sangre,
Y canta debajo de cicatrices obstinadas
Apaciguando guerras
Desde hace tiempo olvidadas.
La danza a lo largo de la arteria
La circulación de la linfa
Son figuradas en la deriva de las estrellas
Ascienden a verano dentro del árbol.
Nosotros nos movemos sobre el árbol moviente,
En la luz, sobre la hoja figurada
Y oímos sobre el suelo húmedo al perro y al jabalí
Perseguir abajo su pauta como siempre
Pero reconciliados con las estrellas.
A la altura del punto quieto del mundo en movimiento, no hay ninguna carne ni su falta;
Ningún desde ni ningún hacia; a la altura del punto quieto, allí la danza ocurre,
Pero no hay detención ni movimiento. Y no lo llames fijeza,
Donde el pasado y el futuro están reunidos. Ningún movimiento-desde, ningún movimiento-hacia;
Ningún ascenso ni caída alguna. Excepto por el punto, el punto quieto,
Por él habrá danza, y sólo ella hay.
Sólo puedo decir: ahí hemos estado.
Pero no puedo decir dónde
Ni tampoco puedo decir cuánto, porque eso sería localizarlo dentro del tiempo.
La liberación interna del deseo práctico
La liberación de la acción y del sufrimiento, la liberación de la compulsión
Interna y externa, sin embargo rodeada
De una gracia de sentido, una luz blanca quieta y moviéndose,
Elevación [Erhebung] sin movimiento, concentración
Sin eliminación, un mundo nuevo y el viejo hechos explícitos,
Entendidos en la terminación de su éxtasis parcial,
Entendidos en la resolución de su horror parcial.
Pero el encadenamiento de pasado y futuro
Cosido a la debilidad del cuerpo cambiante
Protege al hombre del cielo y de la condena
que la carne no puede resistir.
Tiempo pasado y tiempo futuro
Permiten sólo un poco de consciencia.
Ser consciente no es estar en el tiempo
Pero sólo en el tiempo puede ser recordado
El momento en el jardín de las rosas,
El momento en la glorieta cuando pega la lluvia,
El momento en la iglesia ventosa, en la caída del humo;
Envueltos en pasado y futuro.
Sólo a través del tiempo se conquista el tiempo.   


III

He aquí un lugar de indolencia
Antes y después
Dentro de una luz tenue que no es mediodía
Invistiendo las formas con lúcida quietud
Volviendo a la sombra belleza efímera
En la rotación demorada y sugerente
De permanencia; tampoco es oscura
Para purificar el alma
Vaciando los sentidos con privación
La afección limpiadora de lo temporal.
Ni plenitud ni vacancia. Sólo un parpadeo
Sobre las caras tensas arrasadas de tiempo
Distrayéndose de la distracción con la distracción
Llenas de delirios y vacías de sentido
Apatía inflada sin concentración
Hombres y pedazos de papel, arremolinados por el viento frío
Que sopla antes y después del tiempo,
Viento dentro y viento fuera, de pulmones impuros
Antes y después.
Los eructos de las almas enfermas
En el aire desvaído, el aletargado impulso
En el viento que barre las colinas negras de Londres,
De Hampstead, Clerkenwell, Campden y Putney,
De Highgate, Primrose y Ludgate. Acá no
Acá no la oscuridad, no en este mundo de habladurías.

Desciende, desciende sólo
Al mundo de la perpetua soledad,
Al mundo que no es mundo,
Al mundo que no es sino aquello que no es el mundo,
La oscuridad interna, la privación 
Y destitución de toda pertenencia,
La disecación del mundo de los sentidos,
La evacuación del mundo de la fantasía
La inoperancia del mundo espiritual;
Este es el camino, y el otro
Es el mismo, pero no en movimiento
Sino abstención del movimiento; mientras el mundo se interna
La apetencia, en sus rutas metalizadas
De tiempo
De tiempo pasado y de tiempo por venir.


IV

El tiempo y la campana han enterrado al día,
La nube negra se lleva al sol
El girasol, ¿nos mirará?
Y la clemátide, ¿se alejará, se girará hacia nosotros?
Pámpanos y rocío,
¿Se abrazan, se adhieren?
Fríos
Los dedos del tejo
¿Se enroscarán encima nuestro?
Después de que el ala del martín pescador
Ha respondido con luz a la luz, y está callado, la luz queda quieta
A la altura del punto quieto del mundo en movimiento.


V

Las palabras se mueven, la música se mueve
Sólo en el tiempo. Pero aquello que sólo vive
Solamente puede morir. Las palabras caen
En el silencio, después del habla.
Sólo por la forma y el patrón pueden ellas o la música alcanzar
La quietud como un jarrón chino
Que todavía se mueve perpetuamente en su quietud.
No es la quietud del violín, mientras la nota dura;
No es sólo eso, no; es la coexistencia,
O decir que el fin precede al principio,
Y que el fin y el principio estuvieron siempre ahí,
Antes que el principio, después del fin.
Y todo es siempre ahora. Las palabras se esfuerzan,
Crujen y a veces se rompen, bajo la carga,
Bajo la tensión; se deslizan, se resbalan, perecen,
Decaen y se vuelven imprecisas.
No se quedarán en su lugar, no se quedarán quietas.
Voces gritonas, que regañan o se burlan, o meramente charlan,
Siempre las asaltan. La Palabra en el desierto
Es a la que más castigan las voces de la tentación,
La sombra que llora en la danza fúnebre,
El lamento ruidoso de la quimera desconsolada.

El detalle del patrón es movimiento,
Como en la figura de los diez escalones.
El deseo mismo es movimiento,
Pero no es deseable de por sí;
El amor es inmóvil
En sí mismo, es sólo la causa y el fin
Del movimiento, sin tiempo, sin deseo
Excepto en el aspecto del tiempo atrapado
En la forma del límite
Entre ser y no ser.
De repente, en un rayo de sol,
Incluso cuando el polvo se mueve,
Brotan en el lugar las risas escondidas
De los niños, en los arbustos
—Ya, aquí, ahora, siempre—
Ridículo el desperdicio del tiempo en llanto
Que desplegaba el antes y el después.



TRADUCCIÓN: Franco Bordino




[1] También podría traducirse “ellas”, dependiendo de si se interpreta que el pronombre refiere catafóricamente a las rosas que tienen el aspecto de las flores cuando se las mira, o que refiere a los niños escondidos tras las hojas. Nosotros escogimos esta última opción.
[2] Si se interpretara que esta parte del poema está hablando de las rosas, podría traducirse la frase anotada de la siguiente manera: “[Las rosas] moviéndose sin peso, sobre las hojas muertas”.  
[3] especie de árbol