Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

sábado, 14 de junio de 2014

Biografía del monje de la camisa color uva - 1era entrega



Biografía del monje de la camisa color uva (las notas del cuaderno de Mateo)

No hace mucho, Nacha me pidió que no le mandase más mails en la noche.
Voy a hablar de un posible rasgo esquizoide en mi hermana; rasgo que desde que Jorge cumplió los 17 llovió sobre todos nosotros. Creo que todo empezó un día de febrero (febrero es un mes violento, tiene que ver con lo escolar; hay muchas amenazas de suicidios) viajábamos en colectivo (un 15 de febrero para ser precisos, sin llegar a precisión de relojero) cuando un muchachito gordo, de uniforme verde (colegio alemán) dijo a su madre:
"Mamá, me llevé ocho (materias) pero si me decís algo me suicido." Entonces mi hermano que iba sentado al lado mío se puso a vibrar.
Era algo que siempre le pasaba en los trenes, nunca en los colectivos. Se levantó, se acercó al chico y dijo algo acerca del suicidio, o de la muerte. No sé qué dijo, pero era una frase de sueño en la que no son importantes las palabras. La cosa es que sospecho que el gordito rindió las ocho materias. Estoy seguro q de que no dejó previas. Jorge hablaba como predicador, como testigo de Jehová, simpatizaba con ese movimiento. Pero dejemos eso de lado por el momento.
La locura llovía en casa por esos días. Por esa época apareció la frase de Jorge: Dios crea el mundo cada día. Era raro, extraño y ¿porque no? Duro levantarse cada día.
Quiero recordar lo que sucedió hace unos días y después volver atrás unos años. Hace algunos días -ya meses- Nacha me pidió "encarecidamente" que no le enviase más correos electrónicos durante la madrugada. A las once ella apaga su computadora (De escritorio) (A pesar de su vestimenta y de que para taxis a la perfección, no usa notebook). Una vez que apaga la computadora se acuesta a leer apuntes de su carrera; libros, novelas. Siempre los mismo libros: La Iliada, La Odisea, La Eneida, una y otra vez esos tres libros, también algunas tragedias griegas.
Una vez que se acuesta, los mails que uno le envía (dice ella) no le llegan a la maquina sino al cuerpo. Dijo: "Si me mandás mails (de madrugada) se me pegan como pequeñas calcos. Etiquetas, figuritas, a la piel de la espalda." Los míos se le pegan a la espalda, pero seguramente los de los novios, amantes, etc. se le pegan a los pechos.

Odia tener que levantarse en plena madrugada porque ya no soporta los correos. Los mensajes en el cuerpo. Odia tener que levantarse; esperar a que la maquina cargue y por lo menos hojear u ojear los mails.
Insulta a las cadenas, a las estúpidas alegorías. Estúpidas y vulgares alegorías. Las malas tarjetas que usan las mismas frases y los mismos dibujos de las tarjetas de Jorge. Pero las palabras en Jorge tienen el peso de las palabras de los sueños. Dicen algo... ¿inefable?
Cuando Nacha me llamó para decirme eso, pensé que me estaba hablando en metáfora. Fue un llamado a las cuatro de la madrugada, hora en que sólo nos contamos cuentos. "Mirá lo que me mandó este h.d.p", dijo y me leyó una alegoría barata. Algo similar al cuento de la hormiga y la cigarra (chicharra en nuestra región).
Te pido por favor, me dijo después, que no me mandes correos nocturnos. ENCARECIDAMENTE. Explicó por qué. Mientras me hablaba me acordé de la vez que se negaba a matar una cucaracha. Si dijera las razones que ponía para que no se cometa el crimen la cosa podría malinterpretarse. Las palabras de esa Ignacia de ocho años, eran, como ya dije sobre las de Jorge, palabras de sueños.
Mi hermana decía que la cucaracha que estaba en la pared blanca de la pieza de mamá, podría ser papá o su amiguita Rocío que estaba internada, bien cuidada, pero bastante grave. No hablaba del valor de la cucaracha ni de que la cucaracha podría ser reencarnación del abuelo, etc. Hablaba de algo diferente. Tal vez (y esto no es nada agradable) la cucaracha estuviese teniendo cría.
Hubo una discusión a la luz amarilla de la pieza, la única encendida en toda la casa. El resto era una pecera. Papá venía en camino por la ruta, Rocío estaba cuidada… ¿por qué no matar a esa cucaracha?
Hay una tarjeta de mi hermano que representa la escena: una niña abre los brazos bajo una noche celta, intentando defender a una cabrita.
Mi hermana dormía destapada sobre la ropa de cama. Y ahora, mientras escribo, veo a Jorge parado en el umbral de la puerta de la pieza de Nacha. Él nota (descubre) que el mundo (además de ser un potente vomitivo) también es un mundo de tarjeta. Existen estas especies (digámoslo alevosamente) de milagros. Estás postales de niños durmiendo iluminados por la luna, por la acuosa luz de la luna, usando las manos como almohada, sobre la cama prolijamente hecha.Tal vez después de aquella visión mi hermano haya decidido usar camisa uva. Tornarse el monje de la camisa uva y dedicarse a la confección de tarjetas.
El mundo es un potente vomitivo
pero también es un lugar
el lugar en que una niña puede dormir
ovillada
sobre una cama tendida
con las manitos por almohada.
Había demasiadas paredes en casa, pero para Jorge era fácil derribarlas con dibujos y poesía de tarjeta. Derribarlas. Convertirlas en cenizas ascendentes y luminosas. En varias de sus tarjetas vuelan muros que impiden al césped recibir la luz de la luna. Esos muros vuelan hechos cenizas fosforescentes sobre la cabeza de alguna niña. Mamá con la pantufla, mi hermana parada en la cama, los brazos abiertos protegiendo una cucaracha. En esa época cada uno tenía su par de pantuflas y las mías eran azul marino. En la tarjeta, mi hermano disolvió las paredes, estiró un poco a Nacha, la cubrió con una túnica y reemplazó a la cucaracha por una dulce oveja.
Veo a Jorge vibrando, hamacándose en el pasillo, viendo a Nacha dormida sobre la ropa de cama. Él tenía los ojos bien abiertos, expectantes. Hace poco, Nacha tomó una tarjeta de entre mis libros, lo hizo sin permiso. Era una tarjeta esquelética, pero lo que me importa es el poema que tenía en tinta china. Decía:
La maldad ha formado nubes. Ésta mañana vomité.
Yo recuerdo ese vomito de Jorge.
Todo ese día, nublado de maldad, las paredes habían estado acosándolo. Y él, sin poder disolverlas. No había lectura que pudiera calmarlo, distraerlo; ni las lecturas de Selecciones, ni las Atalayas. Lo oí gritar cosas sin sentido; no dejaba de colgarse en una escalera de pie, como si quisiera subir a algún lado.
Más tarde cuando las puertas se encogían para él; segundos antes de vomitar por primera vez en su vida "adulta", escribió la frase: “Las nubes de maldad. Dios crea al mundo cada día.” En letras de brillantina, mientras el perro pasaba la lengua por el charco de vomito metafísico.
Hoy fue para mí un día agotador. Estoy censurando para mí, para ustedes, las palabras que mi hermano gritaba aferrado a la escalera de pie. Además esa mañana se había puesto una camisa y un jean, durante la descompostura solamente se sacó el jean. Creo que tenía intenciones de salir antes de ser atacado por el dolor. Hoy a la mañana tuve que ir a la pequeña casa que cuido para pedir unos pesos extras. Dinero que guardo para un viaje. Anoche fue una noche de pesadillas. Soñé que con voz afónica trataba de gritar las palabras de mi hermano en la escalera de pie. Sentí en sueños el acoso de las paredes. Pero hoy escribí un cuento. El cuento del pájaro.
Volviendo a la mañana de hoy, fui hasta el galpón que tranquilamente podría ser una linda casita, días antes había dejado la puerta cuidadosamente cerrada. Metí la llave en la cerradura y entonces oí algo pegar contra el vidrio, desde el interior.
Decidí no abrir la puerta, traté de ver en el vidrio algo que no fuera mi reflejo. Se trataba de una golondrina, que no sé cómo, había entrado y ahora se dedicaba a rebotar contra el vidrio. Entré, estiré el dedo, y acaso porque estaba pensando en mi hermano, la golondrina voló desde la mesa rustica a mi dedo, se posó. La saqué. Agité el brazo y la vi volar.
De ser posible enviaría este relato a mi hermano, para que lo convierta en una tarjeta, pero no es posible. Ahora les pido un favor a ustedes, relean la escena del pájaro, pero en lugar de imaginar (si es posible que mis palabras los hagan imaginar) en lugar de imaginarme a mí, o de imaginarse a ustedes mismos, haciendo la ceremonia del pájaro, imaginen a mi hermano; pelo oscuro, ojos azules, camisa uva, calzoncillos slip. Imagínenlo a él sacando al pájaro. Después imaginen a la golondrina tomando vuelo, recortándose sobre un cielo despejado. Casi despejado.

M.R

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