Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

martes, 29 de diciembre de 2015

ARREMETIDA DE LLUVIA

por Tomás Manuel Fábrega

Lluvia sobre el mar. John Constable

Gotea a cantaros de aguas que fueron anunciadas
tan contadas y vaticinadas
que el aviso solo fue un catalizador de desgracias
y desgraciados son sus mensajeros,
charlatanes con discursos sobre química y catástrofes
mientras estas aguas incoloras no responden ni contestan pregunta alguna

Gotea, gotea, gotea
al tiempo que la llovizna o el temporal
son necesidad ante la fuerza y opulencia de los miserables días tristes


qué es lluvia sino agua nuestra
alegre, festival y popular
¡agua de mayorías!

Qué es la lluvia sino una canción para los niños

Qué es la lluvia
si no un mar difunto
que cayendo
desborda los caminos anunciando las buenas nuevas
o ríos con sed
la sed tremenda, atarantada,
de recorrer al mundo
rincón por rincón,
palmo a palmo
ahogándonos como a los cuerpos áridos

gotea,
y es que está lloviendo por los cuatro costados de la plaza
escurren y pasan las aguas
cuales silbos de alegría recorriendo terrenos perdidos
recuperando tono a tono
los últimos vestigios y espacios comunitarios del panorama aguachinado

gotea, gotea y se desploma el orden,
se humedece la materialidad del amargado,
mientras empapa de vida
de vida vivida y luchada
al que la oiga
cuando no arroja: insolente
granizo tras granizo
frente contra frente
dejando un panorama de tuertos y mentones descolocados

gotea mientras llueve
porque llueve mientras nos gotean
y es mojada la soberbia de la casa y mansión de un rico
que cuando se derrumba
no es sino la demolición creada por la arremetida lluviosa de nuestros abuelos:
estas son sus gotas
y esta es su venganza
que es la venganza de los movimientos contra la quietud
la de las contradicciones frente a la mesura
la del permanente descalabro frente al progreso
que es retórico y abusivamente cobarde
porque se arranca de la confrontación original

esta es la caída
que y desde las montañas
relata lo monótono,
lo uniforme de un chis chas que se eleva por cuadrados de protesta aguacífera
que rompe y abre
y abre en cuanto rompe,
rasgando cuando no circula: un río nevado
cual cadena
ve fluir los embates del desencanto,
la indignación
y las ansias justicieras de que el barro no sea barro
sino caldo y pozo de nuestra borrasca,
la borrasca y la avalancha terrenal

llueve, llueve,
nuevamente y otra vez,
nos golpean desde un cielo triangular
que a manera de horizonte: golpea
cual golpe de gracia y radical
a la desolación de vivir escuchando los rumores,
los rumores de los próximos años de desierto.




jueves, 19 de noviembre de 2015

W. H AUDEN - RIMBAUD



Rimbaud

Noches, el cielo aciago, las arcadas del tren;
sus malas amistades no lo sabían, pero
lo falso del retórico, en ese chico, habría
de arder como una pipa: el frío hizo un poeta. 

Los tragos que el amigo, frágil bardo, pagaba,
sistemáticamente, sus sentidos turbaban.
Al sinsentido usual le concedió él un fin;
hasta decir adiós al pecado y a la lira.

Si el verso era tan sólo un vicio del oído...
–la integridad no alcanza  –parecía concluir
del infierno de infancia–; debo empezar de nuevo.

Ahora, galopando, atravesando África,
soñó con su yo nuevo –un hijo, un ingeniero:

su verdad aceptable para hombres perversos. 


W. H. AUDEN

domingo, 5 de julio de 2015

Plegaria - Franco Bordino


Plegaria

Ábreme, Padre,
y dame un fuego que no duela
y un dolor puro del que nada aprenda.
Condúceme al camino
claro, a aquel que no tiene piedras,
que es estrecho para el espíritu:
al camino sin honor;

pon si no en mi mano la cara de un niño,
para estudiarla y conocerla
al tiempo que templarla
bajo mi llama dactilar;

dame un ramo de fresias
o una abeja que no muerda, y que yo,
concentrado, las tenga que cuidar.


Ábreme, Padre,
a las cosas pequeñas
que no entran en un hilo,
y ábreme así a tu amor
y a la pureza del servicio,
a las dulzuras vistas monocromas
bajo la sombra hostil de la noble Ambición;

ábreme sobre todo
a lo que no me pertenece y que no soy.
Aléjame de Mi Peligro.
Consérvame en tu amor.


Ábreme, Padre, al rudo azar:
dame un hijo, enemigos poderosos
y tempestades sin amarras;
algo que comer, nada que guardar;
Tú no sacies: mi sed, ¡arráncala de cuajo!
Ábreme para todos.
Aléjame de Mi Peligro.

Consérvame en tu amor.


Franco Bordino

viernes, 17 de abril de 2015

Eugène Boudin, “El Puerto de Trouville”

Eugène Boudin, “El Puerto de Trouville”
                                                                                             
“...Deseo, para escribir castamente mis églogas,
Dormir cerca del cielo…”
(Baudelaire, “Paisaje”)


Una obra de 1884, un óleo sobre lienzo que nos ofrece la vista idílica de algún pueblecito costero en el norte de Francia. Este es Trouville, un lugar que el artista visitó con cierta frecuencia y que para aquella época rondaba los 6.300 habitantes, siendo un popular destino turístico, principalmente por su clima agradable en verano. Eugène Boudin fue uno de los muchos artistas que encarnó a este poblado en el lienzo, quizá él, fue quien mejor logró captar el aura de quietud y relajamiento que Trouville-sur-mer brindaba en la vida real a cada uno de sus visitantes. Es considerado uno de los pioneros del impresionismo, además de ejercer una notable influencia en Claude Monet. Ambos fueron grandes amigos en vida, siendo Boudin quien animó a Monet a que pintara más paisajes. De hecho, al observar el agua retratada en “El puerto de Trouville” no es difícil evocar una obra de Monet, quizá por la disposición de los colores y la paz irresoluble, versátil e incluso melancólica que estos pueden provocar.

La primera impresión que unos ojos ignaros como los míos alimentan en la mente, es el epígrafe de Baudelaire que se ha citado. En la pintura, sin embargo pareciera que se invierten los papeles. Es el cielo pues, quien se nos presenta deseoso de dormir sobre las edificaciones del puerto, como una suave niebla que añora cobijar y contar sus misterios a las diminutas gentes que transitan en la pintura. Trouville se muestra celestial. El azul y la carne (el puerto, con sus gentes y barcazas) parecen entrecruzarse, unidos y a la vez separados por el verde de una colina que alberga el resto del pueblo y por la delgada franja (igualmente verde), que resulta pequeña respecto a las proporciones de los otros colores, pero que traza un límite amistoso entre la playa y el agua. Este verde es el producto de la unión de cielo y tierra, reflejado en la transparencia del agua. Así pues, el verdadero puerto de Trouville-sur-mer yace apacible en el reflejo de sus aguas.

He aquí a Boudin “El rey de los cielos”, (como se referiría Camille Corot a él en una ocasión) aquel que pintó más de una vez este idílico paraje, fascinado por la cercanía con lo infinito: mar y el cielo, colores cálidos, imagen de una mañana o una tarde en el cenit de la canícula. Ante la fuerte luz de un sol que no se ve en la escena, lo que eminentemente resalta en todo el cuadro es una calma de otros tiempos, que con vana seguridad pareciera única e irrepetible. Tiépolo Fierro Leyton

sábado, 28 de febrero de 2015

T. S. Eliot - La Tierra Baldía I


LA TIERRA BALDÍA


I

El entierro de los muertos


Abril es el mes más cruel, engendrando
lilas que emergen de la tierra muerta, reuniendo
memoria y deseo al conmover
raíces embotadas con lluvia de primavera.
El invierno nos mantuvo abrigados, al cubrir
la tierra de nieve llena de olvido, al alimentar
un poco de vida con tubérculos secos.
El verano nos sorprendió, viniendo sobre el Starnbergersee
con una llovizna pasajera; nosotros paramos bajo la columnata,
y luego retomamos con el sol, hacia el Holfgarten,
y tomamos café, charlamos por una hora
Bin gar keine Russin, stamm’ aus Litauen, echt deutsch.[1]
Y cuando éramos chicos, y nos quedábamos en lo del archiduque,
mi primo, él me llevaba a pasear en trineo.
Yo tenía miedo. Y él me decía, Mari,
Mari, agarrate fuerte. Y descendíamos.
En las montañas, ahí te sentís libre.
Leo gran parte de la noche, y voy al sur en invierno.

¿Cuáles son las raíces que prenden, qué ramas las que emergen
de esta basura pétrea? Hijo de hombre,
no lo podés decir, o conjeturar, porque vos conocés tan sólo
un montón de imágenes rotas, contra las que el sol golpea;
y el árbol muerto no refugia, el grillo no libera,
la piedra seca no hace sonar el agua. Sólo
hay sombra bajo esta piedra roja,
(vení a la sombra de esta piedra roja),
y yo te mostraré algo diferente que tu sombra
a la mañana dando zancadas detrás tuyo
o tu sombra levantándose a la tarde hasta encontrarte;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo
Frisch weht der Wind
Der Heimat zu
Mein Irisch Kind
Wo weilest du?[2]
“Primero me diste jacintos el año pasado;
y me decían la chica de los jacintos.”
Después, cuando ya habíamos vuelto del jardín,
tus brazos llenos, tu pelo mojado, yo
no podía hablar, y mis ojos fallaron, no estaba
ni viva ni muerta, tampoco entendía nada,
estudiando el corazón de la luz, el silencio.
Oed’ und leer das Meer.[3]

Madame Sosostrís, vidente famosa,
estaba muy engripada, de todas formas
es considerada la mujer más sabia de Europa,
con un mazo de cartas perversas. Acá, dijo ella,
está tu carta, el Marinero Fenicio ahogado,
(Esas son perlas que fueron sus ojos. ¡Mirá!)
ésta es Belladona, la Dama de las Rocas,
señora de las situaciones.
Acá está el hombre con los tres bastos, y acá la Rueda,
y acá el mercader de un solo ojo, y esta otra carta,
que está en blanco, es algo con lo que él carga
pero que yo no tengo permitido adivinar. No encuentro
al Hombre Ahorcado. Tema a la muerte por agua.
Veo una multitud de gente, forman un círculo.
Gracias. Si la ve a mi querida Señora Equitone,
dígale que yo misma le llevo el horóscopo:
hay que ser cuidadosa hoy en día.  

Ciudad irreal,
bajo la niebla marrón de una aurora invernal,
la muchedumbre fluye sobre el Puente de Londres, tanta gente,
yo no tenía idea de que la muerte hubiera deshecho a tantos.
Suspiros cortos y variados, exhalaban,
cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.
Subí la colina y tomé por King William Street,
hacia el lugar donde Santa María de Woolnoth[4] guardaba la hora
con un sonido seco en la campana final de las nueve.
Ahí vi a un conocido, y lo paré de un grito: “¡Stetson!
¡vos que estuviste conmigo en las naves de Milas!
ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
¿ya empezó a germinar? ¿va a florecer este año?
¿o la escarcha repentina te estropeó el suelo?
¡Oh no permitas que el Perro se acerque por ahí, ese amigo del hombre,
o con sus uñas lo desenterrará!
¡Tú! hypocrite lecteur! —mon semblable, —mon frère![5]



T. S. Eliot


Traducción: Franco Bordino


[1] “No tengo nada de rusa, vengo de Lituania y soy alemana de verdad”. En alemán en el original.
[2] “Fresco sopla el viento / Rumbo a la patria / Mi niña irlandesa / ¿Dónde estás?”. Fragmento de la ópera de Wagner Tristán e Isolda. En alemán en el original.
[3] “El mar desolado y vacío”. Fragmento de Tristán e Isolda. En alemán en el original.
[4] Templo de Londres perteneciente a la Iglesia Anglicana.
[5] “¡Lector hipócrita! —mi semejante —¡mi hermano!”. Verso final del poema “Al lector” con que Baudelaire abre sus Flores del mal. En francés en el original.

martes, 10 de febrero de 2015

Poema de Benn



Hay

Hay destrucción, quien la conozca conoce lo mío,
mas no es necesario que se conozca,
no es de oro, es de niebla el riachuelo,
un puro estar cubierto por neblinas.

No hay sensación de dicha que te convenza,
sí de la nada, eso perdura, y poco te importan
ya las cosas que no te destruyen,
y al oír música en la radio sólo quieres Volga y
cosas lejanas, extrañas, de las estepas.

Hay destrucciones, y no es que sufra,
¡si no hay otra forma de ver a los dioses!
y hay un amor, pobres y enfermos vosotros dos,
por él tienes que andar cantando de patio en patio.



Gottfried Benn

viernes, 30 de enero de 2015

Todo comenzó con la lágrima - Roumec




Todo comenzó con la lágrima.
La ceguera vino después.
Lenta e imperceptible.
Como un amanecer que se prolonga
Hasta hacerse noche.
Ya no hubo papel que importara
Porque nada podía contarse con palabras
Ni con miradas.
Soportó todo durante siglos
Hasta que un día no pudo más
Y explotó.
Miles de flores amarillas lo iluminaron,
Estaba desnudo y flaco.
Y ya era casi nada.


Gustavo Roumec

Pintura: Emiliano Bellini.

La tristeza - Gustavo Roumec




La tristeza tiene fin


Cuando miramos más allá del horizonte
Vemos un horizonte igual de azul
que mis pulmones.
La colilla del cigarro vuela
Impulsada por el golpe,
Y en su vuelo va dibujando un mapa imposible.
Lo loco de todo
Es que farfullamos palabras igual de blancas
Mientras recorremos un pasado.
Para endulzarlo,
Para que no sea tan amargo
Como en verdad es.
Vamos regando al pasado con esas palabras blancas
Y, entonces,
la tristeza tiene fin
Pero por un rato nomás.
Un rato que para nosotros
es un pedacito de pasado.
Más arriba hay una estrella
Que nos canta una letanía aburrida,
Que sube desde los tiempos en que no teníamos memoria
Y que oímos repetir por varios segundos,
Se corta,
y se repite por varios segundos,
se corta.
Cuando el pálido canto se apaga,
Se vuelve a encender.
Notamos que el campo está calmo,
Y que el viento ya no recorre los pliegues
De los galpones,
Ni arrastra el polvo de las piedras olvidadas.
Y las plumas se desparraman
En una explosión roja.
Esta noche comeremos en torno al fuego
Carne fresca
Como ayer.

Saciados, por fin,
a la luz de unas brasas moribundas,
cantamos
como un coro de muerte.


GUSTAVO ROUMEC
PINTURA: DIEGO RIVERA, "ALAMEDA"

Los justos - Gustavo Roumec




Los justos

Merecer este vacío, sereno
Como la vela
se apaga.
O la muerte con pasión
Ardiendo en los ojos
y en un puño cerrado.

La muerte en los ojos
arde parejo,
comienza como un zumbido lento,
se eleva y ahorca
en un recuerdo.

La muerte no pasa dos veces.
Sincera,
Sin miseria.
La muerte de los antiguos.
La muerte del lobo
La muerte del mártir
O la muerte de los héroes
De otro tiempo.
Ceniza al vuelo,
y hueso que se vuelve ceniza amarga
Que la vida no puede probar.
La vida no le gane a los muertos,
Los muertos son hermosos
Así
Muertos como están.

La muerte te lleva
conmigo,
Los tres vamos
noche a noche
para beber y cantar
Canciones de muertos
Que son las más lindas

Porque la voz que las canta
Ya está muerta.

La muerte para mí,
Para mí solo la muerte.
Mientras mata,
Canta.
Canta de amores que tuvo que matar.
Recorre los cuerpos,
los últimos latidos marcan el compás,
Hasta que dicen basta,
La vida dice basta
y silencio.


GUSTAVO ROUMEC
IMAGEN: BANKSY

Poesía Muerta - Gustavo Roumec




Poesía muerta

Poesía muerta
Sin palabra
A paso muerto,
Muerta como un sol
Oscuro y muerto,
con la boca muerta,
Muertos ojos
Mirando muertos que mueren lejos
que gritan la muerte
a viva voz.
El fuego muerto
Las cenizas y el carbón
Muertos como soldaditos
De plomo y de latón.
Pálidos
Que de tan muertos
Parecen respirar.


GUSTAVO ROUMEC

Despedida - Xabier Usabiaga





Despedida

amigos: su cruzada es otra.
soy un niño que imita el baile de sus labios y las voces de sus voces
pero no conozco la estrella que los guía
a pensar en la muerte desnuda cantando oculta en su balcón
o en las aves de agua
o en el vientre de sus madres.
su cruzada es otra.
yo aun me quedo colgado de las piernas de las primeras luces del día
sin poder mirar más allá de la montaña
ahogado con mi propia lengua
y enredado a gusto en su basura.

veo en sus manos el mismo llanto que en las mías
mas debo renunciar al cargo que me dieron nunca.
alcancen pronto el idioma de la noche
y callen lo que han visto.

yo rezo por ustedes.


XABIER USABIAGA 

martes, 27 de enero de 2015

Miércoles de cine



Años más tarde ─en la ciudad─ pocos creían a Marcos aquellas anécdotas de los miércoles de cine en el bar de su pueblo.
 Él llegaba al bar, se ubicaba en el sillón de terciopelo, se cruzaba de piernas, ponía el paquete de cigarros sobre la mesita, pedía una coca, y esperaba la llegada de Charly, que a veces venía con León, su pareja.
 Una noche, Juan XXIII se le acercó, y le dijo: ¿querés saber porque me llaman así? Acompañame al ba…, pero justo en ese momento Walter lo tomó del cuello. No había problema con el que Walter no pudiera. Esa misma noche, al bar entró un muchachito casto, un adolescente inquieto y bastante bien ejercitado. Se sentó solo en una mesa. Pidió vodka pero no le vendieron.
 Charly y León llegaron cerca de las diez, esta vez León tenía un guion. Decía que iba a viajar a Los Ángeles y se iba a pasear con el guion por las calles. Que era una gran novedad, etc.
 Después, Charly comenzó con el relato de la película: un encapuchado se paseaba por un pueblo, cargado una bolsa llena de armas.
 Se detuvo en una escena que comenzaba con un muchacho de pelo largo buscando un encendedor para prenderse el cigarro. Las calles desiertas. El muchacho vio venir, a lo lejos, al encapuchado de la bolsa, se levantó y fue al encuentro, ¡ey, viejo! No tendría fuego, dijo (Charly  imitaba al tipo con un cigarro apagado en la boca). El encapuchado lo ignoró. Fuego, insistía el fumador haciendo la mímica. Entonces el encapuchado saca del bolso una Astra.
¡wow! es la mejor replica que vi en mi vida, dijo el fumador. La vista del alza regulable y todo.
 ─ El encapuchado se puso a hablar como un manual: ostenta el privilegio de ser la única pistola que, disparando un cartucho de la envergadura del 9 Mm largo, utiliza un cierre por inercia de masas.
Y el fumador responde: coño, los españoles tendremos un cine de mierda, y seremos un puñado de africanos en medio de Europa pero las armas son hermosas.
  Alguien del público interrumpió a Charly: no agregues cosas, tío. Pero Charly siguió:
 ─ El encapuchado entrega el arma al fumador, ¿tiene la llama muy larga? Pregunta el fumador. El encapuchado dice que no. El fumador se acerca el arma a la cara, aprieta el gatillo. Medio cráneo vuela como un pedazo de coco. La escena termina con el encapuchado yéndose hacia el crepúsculo mientras patea el trozo de cráneo. Cuando ya se ve pequeño le da un tremendo patadón y se pone a saltar y a festejar. Y le ponen la música de carrozas de fuego.
 ─ El cine español no tienen códigos─ concluyó León.

 Cuando Marcos cuenta sobre los miércoles de cine en el bar de Puevlo a sus amigos de la ciudad, lo que los compañeros le dicen es que todo es muy confuso porque se les mezclaban los tantos, ¿cuál parte es la película y qué es lo que pasaba en el bar?

¿Cómo era el bar?
 El bar era una vieja casona que abría después de las siete de la tarde. Ladrillo a la vista. Humedad. Caños. Piso de madera. Aquél miércoles el chico casto dijo:
 ─ No me tomen como a un suicida estúpido.
 ─ Todos los suicidas son un poco estúpidos─ dijo Marcia desde el otro lado de la barra.
─ Necesito que me acompañen,─ dijo el casto.
Todos los que estaban en el bar salieron atrás del casto por las calles heladas del pueblo.
 ─ ¿Vas a suicidarte?─ Preguntó la oriental.
 ─No, solamente es una prueba física.
 Iban hacia la vía, no faltaba mucho para que pasara el tren. Llegaron y se sentaron a esperar ¿Qué?
Charly acercó sus manos a la nariz de León, las olfateó y dijo que así deberían oler las manos de los vietnamitas que cosechan arroz.

Entonces, pequeña, a lo lejos como un pequeño sol en medio de la noche, la luz del tren.
La prueba del muchachito casto consistía en hacer 40 flexiones de brazos en la vía antes de que el tren lo pasara por arriba. Es un suicidio, dijeron algunos; es una forma de suicidio, otros, es una locomotora, dijo León. 
 Pero no hubo forma de convencer al chico para que no lo hiciera.
 Boca abajo en la vía comenzó con las flexiones. Hicieron la cuenta regresiva. Alguien dijo: no tendríamos que haber contado la cuarenta. En la 28 el chico empezó a flaquear. Una cosa es hacer flexiones en la casa, con el ambiente cálido, otra con este frío, a esta hora, sobre ese suelo tan duro y desparejo, comentó alguien.
 Marcos nunca cuenta como terminó la prueba del chico casto; el relato salta a cuando llega el patrullero y detiene a los espectadores que habían apostado.
 Marcos no fue detenido, quedó afuera, siempre quedaba fuera de todo; lo único que hacía durante los miércoles de cine, era mirar. Ponerse a una distancia considerable, en una posición cómoda, y mirar.


jueves, 22 de enero de 2015

Segundo Manifiesto del Hombre Topo


SEGUNDO MANIFIESTO DE
LA TRAICIÓN DEL HOMBRE TOPO[1]

MANIFIESTO POÉTICO: CONTENIDISMO



Lo poético

En el éxtasis poético la imaginación y la percepción se vuelven una misma facultad, siendo esto la principal característica de aquél. Ambas facultades sienten porque, antes que una imaginación compositora, existe una imaginación alienada, el hábito de tener visiones –imágenes que se nos imponen por medio de nuestra imaginación pasiva sin haber estado previamente nosotros a la caza de ninguna metáfora ingeniosa. Estas imágenes provistas por la imaginación no sólo son visuales sino que también las hay relativas a los otros sentidos (sobre todo al tacto y la audición).
Entonces, imaginar y percibir no son otra cosa más que sentir, y sentir es salir de la muerte del mundo y del cuerpo congelados y entrar en el útero de la verdad, en la inmortalidad y autosuficiencia de los años puros y perfectos de la vida de todo auténtico artista, que en sí mismo es mortal y completamente corruptible. Sentir es entrar en el interior creador del verdadero y único exterior, de la única unidad posible entre vida y realidad.
En el proceso de creación poética, la percepción aporta el elemento (en el sentido de medio) dentro del cual la imaginación pasiva se despliega y lleva a cabo su operación, la transformación de la realidad en verdad poética. El elemento aportado por la percepción es la realidad con todas sus dimensiones: el paisaje (naturaleza, urbanidad, tiempo encarnado –el cambio: por ejemplo, el ciclo de las estaciones, el pasado de una ciudad, etc.) tanto como el espíritu humano (incluyendo éste sus aspectos conscientes tanto como los inconscientes y los individuales tanto como los colectivos —o socio-históricos—; además del tiempo puro en tanto que transcurrir impregnado en un matiz emotivo determinado). El éxtasis poético es el movimiento sin interrupción, libre y natural por estas dimensiones sin la percatación de su separación habitual. La poesía es una acción, en un sentido especial que implica que es un hábito premeditado, adquirido y sostenido: es la operación de la imaginación que logra borrar la diferencia entre estas dimensiones e, incluso, entre ella misma y la percepción, al reunirlas en un elemento e intensidad homogéneos. Es una acción pasiva y creadora a la vez, sufrida y agenciada, es una función biológica y un plan premeditado de autodestrucción y caos (o de una autoproducción y un orden más esenciales e irreconciliables con la realidad inmediata).

lunes, 5 de enero de 2015

Sobre un día terrestre - R. H. Herrera



Sobre un día terrestre

¿Cuándo se convirtió la vida
en una huida de la vida?

El tiempo, su medida, las horas vacías,
el mero transcurrir que adensa y nos transforma
ya no lo toleramos
y buscamos, lejos de la palma de esa mano,
el cumplimiento de nosotros mismos
en una fuga.

Se distanció la tierra.
A la comba de los cielos mentales
alzó la demencia el vórtice
de su perspectiva: geometría,
geometría de la desmesura.
Y así como la costa se pierde a la mirada
del navegante, se alejó la tierra.
El tedio, igual a una vaina
seca o al silencio, guardó el secreto
del espacio y el tiempo:

una nada interior,
un murmullo inaudible, un cálido vacío.
Y adentro un infinito oleaje de declives,
aromas y vilanos: un soplo
antes de abandonar la boca.

También estas palabras, en el blanco papel,
aguardan como arena al caminante,
y si la melancolía lo demora entre ellas
largamente, se inicia el ínfimo milagro:
un tono verde grisáceo, que yo amé,
se desprende del sonido enmudecido
y vuelvo a estar allá, donde miré los sauces
revolverse como algas bajo el cielo nublado
y comencé el poema;

vuelvo, con los ojos vendados,
al centro de la generosidad:
la tierra. (El frío asolaba las nubes,
pasaba el viento quebrando las hierbas,
y yo sentía la alegría de estar vivo,
de ser lo extraño de esa vastedad...)

Todo es espera, revelación y espera:
la infinitud del verdor
y en la voz un aire lento que lo mece,
un tono acerado que lo siega.



Ricardo H. Herrera