Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

viernes, 30 de enero de 2015

Todo comenzó con la lágrima - Roumec




Todo comenzó con la lágrima.
La ceguera vino después.
Lenta e imperceptible.
Como un amanecer que se prolonga
Hasta hacerse noche.
Ya no hubo papel que importara
Porque nada podía contarse con palabras
Ni con miradas.
Soportó todo durante siglos
Hasta que un día no pudo más
Y explotó.
Miles de flores amarillas lo iluminaron,
Estaba desnudo y flaco.
Y ya era casi nada.


Gustavo Roumec

Pintura: Emiliano Bellini.

La tristeza - Gustavo Roumec




La tristeza tiene fin


Cuando miramos más allá del horizonte
Vemos un horizonte igual de azul
que mis pulmones.
La colilla del cigarro vuela
Impulsada por el golpe,
Y en su vuelo va dibujando un mapa imposible.
Lo loco de todo
Es que farfullamos palabras igual de blancas
Mientras recorremos un pasado.
Para endulzarlo,
Para que no sea tan amargo
Como en verdad es.
Vamos regando al pasado con esas palabras blancas
Y, entonces,
la tristeza tiene fin
Pero por un rato nomás.
Un rato que para nosotros
es un pedacito de pasado.
Más arriba hay una estrella
Que nos canta una letanía aburrida,
Que sube desde los tiempos en que no teníamos memoria
Y que oímos repetir por varios segundos,
Se corta,
y se repite por varios segundos,
se corta.
Cuando el pálido canto se apaga,
Se vuelve a encender.
Notamos que el campo está calmo,
Y que el viento ya no recorre los pliegues
De los galpones,
Ni arrastra el polvo de las piedras olvidadas.
Y las plumas se desparraman
En una explosión roja.
Esta noche comeremos en torno al fuego
Carne fresca
Como ayer.

Saciados, por fin,
a la luz de unas brasas moribundas,
cantamos
como un coro de muerte.


GUSTAVO ROUMEC
PINTURA: DIEGO RIVERA, "ALAMEDA"

Los justos - Gustavo Roumec




Los justos

Merecer este vacío, sereno
Como la vela
se apaga.
O la muerte con pasión
Ardiendo en los ojos
y en un puño cerrado.

La muerte en los ojos
arde parejo,
comienza como un zumbido lento,
se eleva y ahorca
en un recuerdo.

La muerte no pasa dos veces.
Sincera,
Sin miseria.
La muerte de los antiguos.
La muerte del lobo
La muerte del mártir
O la muerte de los héroes
De otro tiempo.
Ceniza al vuelo,
y hueso que se vuelve ceniza amarga
Que la vida no puede probar.
La vida no le gane a los muertos,
Los muertos son hermosos
Así
Muertos como están.

La muerte te lleva
conmigo,
Los tres vamos
noche a noche
para beber y cantar
Canciones de muertos
Que son las más lindas

Porque la voz que las canta
Ya está muerta.

La muerte para mí,
Para mí solo la muerte.
Mientras mata,
Canta.
Canta de amores que tuvo que matar.
Recorre los cuerpos,
los últimos latidos marcan el compás,
Hasta que dicen basta,
La vida dice basta
y silencio.


GUSTAVO ROUMEC
IMAGEN: BANKSY

Poesía Muerta - Gustavo Roumec




Poesía muerta

Poesía muerta
Sin palabra
A paso muerto,
Muerta como un sol
Oscuro y muerto,
con la boca muerta,
Muertos ojos
Mirando muertos que mueren lejos
que gritan la muerte
a viva voz.
El fuego muerto
Las cenizas y el carbón
Muertos como soldaditos
De plomo y de latón.
Pálidos
Que de tan muertos
Parecen respirar.


GUSTAVO ROUMEC

Despedida - Xabier Usabiaga





Despedida

amigos: su cruzada es otra.
soy un niño que imita el baile de sus labios y las voces de sus voces
pero no conozco la estrella que los guía
a pensar en la muerte desnuda cantando oculta en su balcón
o en las aves de agua
o en el vientre de sus madres.
su cruzada es otra.
yo aun me quedo colgado de las piernas de las primeras luces del día
sin poder mirar más allá de la montaña
ahogado con mi propia lengua
y enredado a gusto en su basura.

veo en sus manos el mismo llanto que en las mías
mas debo renunciar al cargo que me dieron nunca.
alcancen pronto el idioma de la noche
y callen lo que han visto.

yo rezo por ustedes.


XABIER USABIAGA 

martes, 27 de enero de 2015

Miércoles de cine



Años más tarde ─en la ciudad─ pocos creían a Marcos aquellas anécdotas de los miércoles de cine en el bar de su pueblo.
 Él llegaba al bar, se ubicaba en el sillón de terciopelo, se cruzaba de piernas, ponía el paquete de cigarros sobre la mesita, pedía una coca, y esperaba la llegada de Charly, que a veces venía con León, su pareja.
 Una noche, Juan XXIII se le acercó, y le dijo: ¿querés saber porque me llaman así? Acompañame al ba…, pero justo en ese momento Walter lo tomó del cuello. No había problema con el que Walter no pudiera. Esa misma noche, al bar entró un muchachito casto, un adolescente inquieto y bastante bien ejercitado. Se sentó solo en una mesa. Pidió vodka pero no le vendieron.
 Charly y León llegaron cerca de las diez, esta vez León tenía un guion. Decía que iba a viajar a Los Ángeles y se iba a pasear con el guion por las calles. Que era una gran novedad, etc.
 Después, Charly comenzó con el relato de la película: un encapuchado se paseaba por un pueblo, cargado una bolsa llena de armas.
 Se detuvo en una escena que comenzaba con un muchacho de pelo largo buscando un encendedor para prenderse el cigarro. Las calles desiertas. El muchacho vio venir, a lo lejos, al encapuchado de la bolsa, se levantó y fue al encuentro, ¡ey, viejo! No tendría fuego, dijo (Charly  imitaba al tipo con un cigarro apagado en la boca). El encapuchado lo ignoró. Fuego, insistía el fumador haciendo la mímica. Entonces el encapuchado saca del bolso una Astra.
¡wow! es la mejor replica que vi en mi vida, dijo el fumador. La vista del alza regulable y todo.
 ─ El encapuchado se puso a hablar como un manual: ostenta el privilegio de ser la única pistola que, disparando un cartucho de la envergadura del 9 Mm largo, utiliza un cierre por inercia de masas.
Y el fumador responde: coño, los españoles tendremos un cine de mierda, y seremos un puñado de africanos en medio de Europa pero las armas son hermosas.
  Alguien del público interrumpió a Charly: no agregues cosas, tío. Pero Charly siguió:
 ─ El encapuchado entrega el arma al fumador, ¿tiene la llama muy larga? Pregunta el fumador. El encapuchado dice que no. El fumador se acerca el arma a la cara, aprieta el gatillo. Medio cráneo vuela como un pedazo de coco. La escena termina con el encapuchado yéndose hacia el crepúsculo mientras patea el trozo de cráneo. Cuando ya se ve pequeño le da un tremendo patadón y se pone a saltar y a festejar. Y le ponen la música de carrozas de fuego.
 ─ El cine español no tienen códigos─ concluyó León.

 Cuando Marcos cuenta sobre los miércoles de cine en el bar de Puevlo a sus amigos de la ciudad, lo que los compañeros le dicen es que todo es muy confuso porque se les mezclaban los tantos, ¿cuál parte es la película y qué es lo que pasaba en el bar?

¿Cómo era el bar?
 El bar era una vieja casona que abría después de las siete de la tarde. Ladrillo a la vista. Humedad. Caños. Piso de madera. Aquél miércoles el chico casto dijo:
 ─ No me tomen como a un suicida estúpido.
 ─ Todos los suicidas son un poco estúpidos─ dijo Marcia desde el otro lado de la barra.
─ Necesito que me acompañen,─ dijo el casto.
Todos los que estaban en el bar salieron atrás del casto por las calles heladas del pueblo.
 ─ ¿Vas a suicidarte?─ Preguntó la oriental.
 ─No, solamente es una prueba física.
 Iban hacia la vía, no faltaba mucho para que pasara el tren. Llegaron y se sentaron a esperar ¿Qué?
Charly acercó sus manos a la nariz de León, las olfateó y dijo que así deberían oler las manos de los vietnamitas que cosechan arroz.

Entonces, pequeña, a lo lejos como un pequeño sol en medio de la noche, la luz del tren.
La prueba del muchachito casto consistía en hacer 40 flexiones de brazos en la vía antes de que el tren lo pasara por arriba. Es un suicidio, dijeron algunos; es una forma de suicidio, otros, es una locomotora, dijo León. 
 Pero no hubo forma de convencer al chico para que no lo hiciera.
 Boca abajo en la vía comenzó con las flexiones. Hicieron la cuenta regresiva. Alguien dijo: no tendríamos que haber contado la cuarenta. En la 28 el chico empezó a flaquear. Una cosa es hacer flexiones en la casa, con el ambiente cálido, otra con este frío, a esta hora, sobre ese suelo tan duro y desparejo, comentó alguien.
 Marcos nunca cuenta como terminó la prueba del chico casto; el relato salta a cuando llega el patrullero y detiene a los espectadores que habían apostado.
 Marcos no fue detenido, quedó afuera, siempre quedaba fuera de todo; lo único que hacía durante los miércoles de cine, era mirar. Ponerse a una distancia considerable, en una posición cómoda, y mirar.


jueves, 22 de enero de 2015

Segundo Manifiesto del Hombre Topo


SEGUNDO MANIFIESTO DE
LA TRAICIÓN DEL HOMBRE TOPO[1]

MANIFIESTO POÉTICO: CONTENIDISMO



Lo poético

En el éxtasis poético la imaginación y la percepción se vuelven una misma facultad, siendo esto la principal característica de aquél. Ambas facultades sienten porque, antes que una imaginación compositora, existe una imaginación alienada, el hábito de tener visiones –imágenes que se nos imponen por medio de nuestra imaginación pasiva sin haber estado previamente nosotros a la caza de ninguna metáfora ingeniosa. Estas imágenes provistas por la imaginación no sólo son visuales sino que también las hay relativas a los otros sentidos (sobre todo al tacto y la audición).
Entonces, imaginar y percibir no son otra cosa más que sentir, y sentir es salir de la muerte del mundo y del cuerpo congelados y entrar en el útero de la verdad, en la inmortalidad y autosuficiencia de los años puros y perfectos de la vida de todo auténtico artista, que en sí mismo es mortal y completamente corruptible. Sentir es entrar en el interior creador del verdadero y único exterior, de la única unidad posible entre vida y realidad.
En el proceso de creación poética, la percepción aporta el elemento (en el sentido de medio) dentro del cual la imaginación pasiva se despliega y lleva a cabo su operación, la transformación de la realidad en verdad poética. El elemento aportado por la percepción es la realidad con todas sus dimensiones: el paisaje (naturaleza, urbanidad, tiempo encarnado –el cambio: por ejemplo, el ciclo de las estaciones, el pasado de una ciudad, etc.) tanto como el espíritu humano (incluyendo éste sus aspectos conscientes tanto como los inconscientes y los individuales tanto como los colectivos —o socio-históricos—; además del tiempo puro en tanto que transcurrir impregnado en un matiz emotivo determinado). El éxtasis poético es el movimiento sin interrupción, libre y natural por estas dimensiones sin la percatación de su separación habitual. La poesía es una acción, en un sentido especial que implica que es un hábito premeditado, adquirido y sostenido: es la operación de la imaginación que logra borrar la diferencia entre estas dimensiones e, incluso, entre ella misma y la percepción, al reunirlas en un elemento e intensidad homogéneos. Es una acción pasiva y creadora a la vez, sufrida y agenciada, es una función biológica y un plan premeditado de autodestrucción y caos (o de una autoproducción y un orden más esenciales e irreconciliables con la realidad inmediata).

lunes, 5 de enero de 2015

Sobre un día terrestre - R. H. Herrera



Sobre un día terrestre

¿Cuándo se convirtió la vida
en una huida de la vida?

El tiempo, su medida, las horas vacías,
el mero transcurrir que adensa y nos transforma
ya no lo toleramos
y buscamos, lejos de la palma de esa mano,
el cumplimiento de nosotros mismos
en una fuga.

Se distanció la tierra.
A la comba de los cielos mentales
alzó la demencia el vórtice
de su perspectiva: geometría,
geometría de la desmesura.
Y así como la costa se pierde a la mirada
del navegante, se alejó la tierra.
El tedio, igual a una vaina
seca o al silencio, guardó el secreto
del espacio y el tiempo:

una nada interior,
un murmullo inaudible, un cálido vacío.
Y adentro un infinito oleaje de declives,
aromas y vilanos: un soplo
antes de abandonar la boca.

También estas palabras, en el blanco papel,
aguardan como arena al caminante,
y si la melancolía lo demora entre ellas
largamente, se inicia el ínfimo milagro:
un tono verde grisáceo, que yo amé,
se desprende del sonido enmudecido
y vuelvo a estar allá, donde miré los sauces
revolverse como algas bajo el cielo nublado
y comencé el poema;

vuelvo, con los ojos vendados,
al centro de la generosidad:
la tierra. (El frío asolaba las nubes,
pasaba el viento quebrando las hierbas,
y yo sentía la alegría de estar vivo,
de ser lo extraño de esa vastedad...)

Todo es espera, revelación y espera:
la infinitud del verdor
y en la voz un aire lento que lo mece,
un tono acerado que lo siega.



Ricardo H. Herrera